Según pasan los años me doy cuenta de todo lo que me falta por saber y el poco tiempo que tengo. No, tranquilo, no estoy tan nostálgica como para que esta sea una entrada de esas lacrimógenas tan al uso en las redes sociales. Aun así, entiendo lo que un amigo me dijo hace poco: en caso de que volviera a nacer no querría hacerlo con todo lo que sabe ahora que tiene 58 años, si no con todo lo que no sabe. La verdad es que a eso me apunto.

Esta semana ha sido una de las que denomino como cultural ya que hemos asistido a la presentación de dos novelas y al acto de jubilación del librero referente de la ciudad de Cádiz, Juan Manuel; el alma, junto a su hija y mano derecha, de la librería Manuel de Falla. Siempre he dicho que una persona vale tanto por sí misma, como por la agenda que maneje. Juan Manuel era ese referente al que todo el mundo te enviaba en el caso de que estuvieras buscando un libro y no lo pudieras encontrar. Hace dos años se me dio el caso y la obra en cuestión, está en mi estantería gracias a sus indicaciones.
La verdad que han sido siete días con tantas novedades que casi no sé ni por dónde empezar, se me van los dedos en el teclado. Pero te voy a poner en antecedentes y así te haces una idea de cómo es mi día a día de escritora cuando no estoy delante de mi manuscrito. Todo se inició cuando otro Juan, dueño de la librería Plastilina, me incluyó en un grupo de Whatsapp dónde nos juntamos escritores y lectores con la única idea de ir avisando sobre los distintos eventos que se organizan en el entorno de la Bahía de Cádiz.
Ya desde que me inicié en el mundo de la escritura te he comentado lo que me cansa el continuo hacerse un Paco Umbral por parte de los escritores. Entiendo que te emociones con tu trabajo, pero solo hablar continuamente de lo maravillosa que es tu novela, cansa. Más todavía si, encima, son reediciones con cambio de portada porque, como no se vende, se piensan que con un lavado de cara van a alcanzar a más lectores y, antes al contrario, es contraproducente. Solo indica que tu obra está acabada con prisas o que no sabes qué hacer con ella. Por lo tanto, para no caer en lo que recomiendo que no hagan otros autores, me dedico a promocionar aquellos autores que leo y, si me es posible, asistir a las distintas convocatorias literarias que más me llamen la atención, priorizando en el tema de las presentaciones de escritores de la zona. Aunque no me engaño; las lecturas, como las agendas, también hablan de uno.

El miércoles fui a la de Antonio Guisado, El demonio de Laplace, conducida por el también autor Benito Olmo. Lo que más destaco de esa tarde es el modo en que Benito llevó la entrevista, ya que con ella nos acercó al autor, sin dejar de lado la obra, de una forma muy amena, para no hacer spoiler y que, si se hace bien, atrae mucho más que si se pasan una hora hablando de las excelencias de la novela. Tomo nota para otras posibles presentaciones de mis propios libros o si me toca a mí hacer de introductor para algún compañero. El único adelanto que nos dio sobre la trama fue que estaba relacionada con el tema del libre albedrío; a partir de ahí, nos dedicamos a conocer al autor, su proceso creativo y su forma de afrontar otros aspectos de la vida que, al final, acaban influyendo en su trabajo entre letras. Ya te recomendaré la novela de este compañero cuando la lea, porque de esa no tengo pistas sobre que trata. Eso sí, es una novela policíaca.
¿Somos dueños de nuestro destino?
Un oscuro e inquietante thriller en torno al libre albedrío. Terror y género policiaco combinados en una adictiva novela en la línea del maestro John Connolly.
Cuando, como las tímidas gotas que anticipan la furia de la tormenta, los cadáveres de varios gatos sacrificados comienzan a salpicar la ciudad de Sevilla, dos detectives sacados de su letargo por los macabros sucesos se verán enfrentados de improviso a una serie de extraños acontecimientos y, sobre todo, a una cuestión de siempre esquiva naturaleza.
Desde Aristóteles hasta Einstein, desde Calderón de la Barca a Simon Laplace, muchos han sido quienes a lo largo de los siglos han intentado dar respuesta a uno de los grandes interrogantes de la historia de la humanidad: ¿es el hombre realmente libre o existe un sendero ya trazado que recorremos sin saberlo?
En este oscuro e inquietante thriller en torno al libre albedrío, se ofrecen algunas respuestas, tan válidas como cualquier otras, pero, sobre todo, se arrojan, como dardos de sombra, muchas inquietantes preguntas.
Al día siguiente, jueves, en la Fundación Cajasol, le tocó el turno presentar a Benito Olmo su último trabajo, Tinta y fuego. Ya sabes que el volumen lo adquirí hace unas semanas en el Encuentro de escritores gaditanos organizado por la librería Plastilina y el mismo autor, con el que coincidí en ese evento, me lo firmó. Todavía no había asistido a ninguna de sus presentaciones puesto que su trabajo está recién sacado del horno y ese día, que me venía bien coincidir con él en Cádiz, para allá que me fui. Fue todo un acierto porque si bien ya sabía de qué iba la temática de la novela, el toque que le dio a la presentación, contando todo el proceso que le llevó a investigar sobre el tema y cómo se hizo un Indiana Jones buscando todo lo que sustentaba su trama, me enamoró ya directamente sin haberlo leído.

Greta es una reputada buscadora de libros raros y valiosos, aunque su popularidad ha caído en picado debido a la desaparición de una primera edición de Borges que debía tasar. Ahogada por las deudas y la desconfianza de sus allegados, acepta un encargo insólito: encontrar la biblioteca de la familia Fritz-Briones, perdida durante la Segunda Guerra Mundial.
La investigación la conducirá hasta Berlín, donde constatará que los nazis llevaron a cabo el mayor robo de libros de la historia, pero también algo más: alguien está asesinando a bibliófilos, libreros y coleccionistas de todo el mundo para tratar de reconstruir la mítica Biblioteca de la Comunidad Judía de Roma, que fue saqueada y escondida por el Tercer Reich.
Greta no podrá resistirse a este giro en la investigación. ¿Qué amante de los libros ignoraría el rastro de la legendaria colección? Poco importa que su vida pueda estar en peligro; lo que no sabe es que esta aventura la llevará a descubrir una verdad sobre sí misma para la que, quizás, no esté preparada.
La verdad es que en el tren, mientras llegaba a Cádiz, había empezado a leerlo y ya me estaba gustando, porque había encontrado referencias que me resultaban familiares, algo que hace que haga propia una historia de otro autor ―en el buen sentido de la palabra― y lo tenga como referente para mencionarlo en otras ocasiones. No conozco a Benito prácticamente más que de las referencias literarias que me han llegado por ser un compañero que compartimos la misma ciudad, pero es cierto que me hubiera gustado haberle preguntado más detalles del proceso de escritura de este libro porque me sentí muy próxima a su metodología. No he tenido como él, de momento, la oportunidad de poder coger un avión e ir a la fuente manuscrita, a los escenarios de la trama o ver cara a cara a algunos protagonistas que inspiraron mis historias, pero no ando muy lejos de hacer cosas similares. Ya os he contado cómo pasé una jornada muy ilustrativa con un militar que estuvo en la guerra de Bosnia, que es la base de mi próximo protagonista, y que, sobre todo, ha sido lector cero para que me confirmara que todo lo que cuento en mi novela es posible. O cómo visité el poblado de Bellavista para hacerme una idea de cómo eran las casas inglesas de principio de siglo o me alojé en el hotel Reina Cristina para conocer el ambiente del espionaje de los años 30-40. También he visitado una farmacia de principios del XX de cara a una próxima historia, y así muchas veces más, aunque son detalles nimios los que me llevan a sentirme parte de la historia que escribo.

Benito, inicia su proyecto gracias a la publicación de un artículo en prensa sobre la historia de los libros saqueados por los nazis durante la II Guerra Mundial. Quien sepa del tema conoce más sobre el expolio de obras de arte, pero ¿de libros? Muchos tenemos en mente las piras a lo Fahrenheit 451, pero de la desaparición de millones de ellos de todos aquellos países que sufrieron la ocupación no todo el mundo sabe. Vamos a conocer esa historia que tenía como finalidad borrar una cultura milenaria de la memoria colectiva. Buscando los fondos robados a una familia judía, la protagonista va tirando del hilo y ve como su indagación, en un principio privada, se convierte en el intento de localizar la gran biblioteca de la comunidad judía de Roma, desvalijada durante ese mismo periodo. ¿Por qué se habla menos de este tipo de actos y está más a la orden del día la apropiación de obras de arte? Porque estos últimos tienen un gran valor económico y los libros, en su gran mayoría, tenían solo un valor sentimental. Pensemos que se sustrajeron algunos muy familiares, torás, cuentos o recetarios. También misales, novelas o ensayos, porque el expolio no solo fue a los judíos, sino que los sufrieron bibliotecas católicas, comunistas, o de cualquier persona que los nazis pensaran que sus fondos podrían suponer un peligro para sus intereses. De todo esto y mucho más nos va a hablar Benito en su novela, cuya recomiendo su lectura sin dudarlo.

En cuento a la despedida de Juan Manuel, puedo decir que, cuando un librero se va, no deja de ser una sensación agridulce. Pese a ser debida a su bien ganada jubilación, se va la memoria de dos colectivos, el de los escritores y el de los lectores, que tampoco tienen muchos referentes hoy en día. El mundo del libro se ha vuelto muy especializado y no al alcance de muchos, o cada día los libreros son más personas que despachan novelas, al igual que podrían despechar sardinas. En Cádiz quedan reductos, gracias a Dios, y además la librería Manuel de Falla pronto abrirá sus puertas a manos de otro amante de la palabra escrita y con un bagaje importante en estas lides, por lo que he podido saber: Carlos Porras, historiador de formación y con larga experiencia en los servicios de publicaciones de la Universidad de Cádiz. Juan Manuel tuvo su despedida oficial días antes en el salón del edificio municipal de calle Ancha, que se llenó de clientes habituales. El acto estuvo organizado por la Fundación Fernando Quiñones, la Fundación Ory y la Asociación de Amigos de Fernando Quiñones, pero en la jornada de este viernes, en la que finalmente echaba la baraja, noté a faltar gente. Digo gente, sin especificar, porque no soy nadie para dar nombres y apellidos, aunque fuimos bastante los que nos acercamos para despedirle. Aun así, teniendo en cuenta sus años de trabajo y todos los que han pasado por el dintel de su puerta, muchos de los cuales echamos los dientes entre sus estanterías, no llegamos a los 100 precisamente. Creo que Cádiz tiene más lectores que han comprado en su pequeño local y han recibido sus recomendaciones. Pero bueno, así es la vida. Aunque no estuvimos todos los que somos, si éramos todos los que nos despedimos: personas en deuda por sus años de dedicación. Gracias.

N.de A. Si el tema del expolio de libros te interesa, también te puedo remitir a otra obra muy interesante de Anders Rydell, Ladrones de libros. El saqueo nazi de las bibliotecas europeas y la lucha por recuperar la herencia literaria.
Buena entrada e interesante recomendación.
Hace poco leí un libro sobre ese tema. Me anoto este para más adelante y así ver cómo lo enfoca otro autor
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