Mis relatos

Aterrizaje en Arkoi: La hechicera.

Acabé de tomar el desayuno que me habían traído a primera hora de la mañana y estaba preparado para lo que el día me deparara, cuando oí los toques en la puerta. Antes de contestar entró una mujer joven con una agradable sonrisa en su rostro, enmarcado por el pelo que llevaba recogido en una larga trenza y colocada a un lado del pecho. Iba vestida con una larga túnica como era costumbre entre los habitantes de Mormuk.

—Espero que hayas descansado. Mi nombre es Aliara —comentó amablemente. Aunque percibí en ella un toque de seguridad que me confirmaba que no era una simple mensajera y que su juventud no implicaba que fuera una mera alumna.

En cuanto la tuve delante, cerré mi mente. No me apetecía que supiera de mis sensaciones y pensamiento, tras la visita de esa noche, ya que no estaba muy seguro de quién podía en ese lugar leer la mente y quién no. Solo sabrían lo que yo les permitiera aunque tampoco quería levantar sospechas de que yo mismo tenía unas capacidades que iban más allá de lo habitual en los humanos.

—Sí. Ha sido tan reparadora como la cena con Soloya. Es muy agradable la hospitalidad con la que me habéis acogido. —Sonreí también con agrado. No tenía motivos para no hacerlo una vez pasadas las primeras horas en las que solía mantenerme más pendiente de mi entorno que de ser educado, pese a eso, no bajé la guardia—, lo que sí me gustaría es, si es posible, conocer algo más de vuestra cultura antes de continuar la mañana.

—Aprovecharemos que te voy a enseñar un poco dónde estás y durante el recorrido te iré contando algunos detalles de nuestra modo de vida, nuestro trabajo como sanadoras y la razón de ser de esta ciudad —tras sus palabras me indicó con un gesto que la siguiera hacia el exterior de mi estancia.

Iniciamos un nuevo recorrido por pasillos que estaban llenos de puertas cerradas y que imaginé que serían otros dormitorios para invitados. Lo hicimos en dirección contraria a lo andado horas antes al llevarme a mi alojamiento. Bajamos por unas escaleras parecidas a las que habíamos usado la noche anterior y llegamos a una galería que rodeaba un espacio muy iluminado. Mi vista se dirigió hacia el techo y allí encontré una superficie acristalada que permitía el paso de la luz, miré hacia abajo desde el balcón más próximo y me sorprendí al ver que estaba dentro de una gran biblioteca. Todas las paredes de la planta baja estaban cubiertas de anaqueles donde había, según pude percibir, libros y pergaminos enrollados. En el centro, grupos de lo que supuse que eran estudiantes sentados formando equipos de trabajo, aunque algunos también estaban solos con sus mesas repletas de libros.

—Esta es la biblioteca de los estudiantes. Hay otra para los maestros y estudiantes autorizados en otra zona a la que ahora te llevaré, porque seguro que te resultará más interesante. Hemos hecho esa división no por censura, si no por evitar problemas entre aquellos alumnos que son más curiosos de la cuenta o están más capacitados y que podían poner su vida en peligro por exceso de interés, haciendo prácticas con formulas y hechizos para los que, en realidad, no están preparados.

Dimos la vuelta a la galería para salir por otra puerta y dirigirnos por un pasillo hacia una gran arcada que daba paso a otra galería, desde la que también miré hacia abajo y donde pude ver un espacio similar al anterior, aunque las mesas estaban ocupadas por hombres y mujeres de más edad que en la sala que habíamos abandonado. Aliara me señaló una escalera de caracol que comunicaba la planta donde estábamos con la sala de estudios y nos encaminamos hacia ella para bajar hasta la biblioteca. Algunas cabezas se levantaron cuando oyeron nuestros pasos pero pronto dejamos de ser el centro de su atención. Debía ser normal el continuo ir y venir de personas buscando información. Cuando estuve cerca de una de las estantería hice amago de ir a coger un libro pero cuando lo toqué me quedé sorprendido. Era como si hubiera tocado la pared lisa con la imagen de un libro en tres dimensiones, puesto de pie en una estantería. Incluso su tacto era frío pero suave. Miré a mi acompañante y pude en su cara leer una expresión de satisfacción.

—Los libros están protegidos por un hechizo, puedes verlos pero no sacarlos y consultarlos si no conoces el hechizo que evita que sean leídos por ojos inadecuados. Si estás autorizado a estar aquí, se te entrega el libro después de conjurar la magia que lo protege, para que lo puedas leer. Y si necesitas alguno más siempre está el guardián de la biblioteca que te lo facilita sin problema. Mira —Aliara tocó con suavidad el lomo del libro y tras parecer que iba a desaparecer de la vista, se volvió más nítida su imagen y se movió un poco en su posición, facilitando que la mujer lo cogiera para entregármelo.

—Una forma muy interesante de mantenerlos alejados de las malas artes —comenté mientras abría el pesado libro y ojeaba un poco sus páginas —¿Dejáis que alguien se lleve estos libros en préstamo? —pregunté curioso.

—No, nunca salen de aquí. Pero hay opciones. Puede copiarse y el que lo consulta llevarse una copia para su biblioteca personal o para la de su ciudad a cambio de que traiga un libro que nosotros no tengamos, aunque sea una copia también, como una especie de intercambio, o podemos hacer con magia una copia de la parte que le interesa si es por una urgencia y llevársela. Cuando haga uso de ella o la copie en su biblioteca, la que se ha llevado desaparece. No nos importa que el conocimiento se reparta por el mundo, pero tenemos que saber que cae en buenas manos y no en manos que sirvan para hacer el mal, aunque no siempre eso lo podemos evitar.

Seguimos la visita por otras estancias, tras colocar el libro en su sitio. Pude ver salas donde los alumnos aprendían con sus maestros y luego todo aquello que hacía posible la vida en el palacio. Sus cocinas, lavandería, baños, herrería, cuadras, donde vi que tenían unos curiosos animales como monturas llamados mogules Visitamos también la zona donde estaban los sanadores y sanadoras con más experiencia y que estaban desarrollando sus artes y ampliando conocimientos para, como me contó Noriah cuando llegamos el día anterior, luego explicarlo a sus alumnos. Escruté con interés mi entorno a ver si la veía pero aunque una de las veces sentí una presencia, que creí reconocer, al darme la vuelta para mirar vi que no había nadie, pero sabía que alguien había estado observándome. Algunos de los que estaban allí se acercaron para saber de mi visita y quisieron conocer el alcance de mis conocimientos, porque ya había corrido la voz de dónde veníamos y quienes éramos. No tuve reparo en hacerles referencias pero de aquellas cosas que me estaba permitido contar. Tenía prohibido mostrar por vanidad mis conocimientos, solo podía usarlos en defensa propia o en defensa de otros, nunca por presumir de ellos, si lo hacía podía acabar perdiéndolos o algo peor, convirtiéndome en un esclavo del mal al servicio de mis propios intereses, nuestras capacidades biomecánicas era algo de lo que no solíamos mencionar ni desarrollar ante desconocidos.

Aliara me dejó a mi albedrío el resto del día hasta la noche y me informó de que podría comer en mis habitaciones o en el comedor donde me juntaría con otros viajeros. Ya por la tarde, podría recorrer los jardines que rodeaban el palacio donde había muchas plantas medicinales que eran usadas muy a menudo y al caer la noche me recogería en mi habitación para llevarme a cenar como la noche anterior con Soloya que, posiblemente, ya me informaría de cuál sería mi misión en realidad y que ayuda recibiría por parte de los arkoianos. A la hora de la comida opté por ir a conocer a otros visitantes que así me podrían dar noticias sobre la situación en otras ciudades del planeta. Seguramente no me haría falta usar mi don, porque sabía que entre viajeros, una buena comida con un buen vino aligeraría la lengua de muchos. Yo solo tendría que confirmar que lo que salía por su boca era lo que guardaban en su mente, a fin de cuentas es lo que también habían hecho conmigo. Así pude saber que la historia, de la extraña enfermedad que asolaba a algunas ciudades del planeta y que me había contado Solaya, era cierta.

Con la barriga llena, la cabeza un poco ligera por el vino y mucha curiosidad por ver los jardines del palacio, me dirigí hacia el exterior a paso ligero. No era el único que había tenido esa idea y a lo largo de los caminos bien cuidados me encontré grupos de personas paseando y charlando así como a alumnos y visitantes sentados en bancos con libros entre las manos y animadas discusiones. Me alejé un poco dejando que mis pasos me llevaran hacia lo que intuí como un claro y en el que se abrió un pequeño estanque rodeado de parterres y pequeños árboles. Me apoyé en un tronco y miré al cielo azul agradeciendo el calor que mi cuerpo recibía de los rayos del sol al atardecer. Llevaba un rato en esa postura cuando me sobresalté y no fue porque sintiera ninguna amenaza sino porque a la orilla del estanque, que tenía a pocos metros de mí, surgió de la nada una neblina y, en su interior, una forma humana comenzó a formarse. Sabía que era ella, la misma mujer que me visitó esa noche, desde el momento que vi la niebla. Por fin pude verla con claridad y de cuerpo entero y esta vez, aunque llevaba igualmente el rostro tapado, la capucha la tenía retirada de su cara y pude ver la larga melena que lo enmarcaba y le caía hasta debajo del pecho. Llevaba una larga túnica que no permitía ver sus pies y cuyas mangas solo dejaban ver sus dedos. Sabía que esta vez no era una visión porque al avanzar oí el sonido de sus pasos por la grava que cubría el suelo alrededor del estanque. Aunque dejé de apoyarme en el tronco ella volvió a paralizarme y cuando llegó a mi altura me fue imposible moverme, solo pude inclinar un poco mi cabeza para ver sus ojos. Ella alargó su mano y cuando iba a protestar por haberme paralizado, uno de sus dedos se posó en mis labios indicándome que me mantuviera en silencio, o por lo menos eso interpreté con su gesto. Tras eso, colocó en cada una de mis sienes la punta de sus dedos y cerró sus ojos. Sentí un ligero vértigo y como mi mente se abría sin poder evitarlo a su llamada, quise impedirlo, pero no pude, no me podía cerrar a su poder y era totalmente vulnerable a su lectura. Durante una eternidad mi vida pasó como una ráfaga por mi memoria y, aunque no me sentí mal por ello, sí tuve una sensación de desnudez que me angustió. Nunca nadie había podido saber tanto de mí en tan poco tiempo. Pasé de la angustia a la rabia, había violado mi intimidad. Usé toda la fuerza de mi poder mental y logré moverme, con lo que sujeté sus muñecas apartando sus manos de mis sienes. En ese momento volví a sentir el choque de energía y la mujer desapareció dejándome vacío y agotado. Cuando me recuperé vi que ya era hora de acudir a mi cita con el Soloya y que tal vez me diera explicaciones de que estaba ocurriendo y, si no lo hacía, yo se las iba a pedir.

No tuve problema, pese a la ligera desorientación que sentía, en llegar a mi habitación y al poco Aliara se presentó porque ya era la hora de reunirme a cenar con Soloya. Me encontraba todavía un poco débil por la experiencia que había sufrido pero hice el esfuerzo de aparentar que estaba bien, y en calma, y la seguí de nuevo por los pasillos, pero esta vez en silencio. Estaba nervioso porque ese nuevo encuentro en el lago, no me había gustado nada. Nunca nadie había podido hacer lo que ella había hecho, entrando de esa forma en mi mente y me había enfurecido. Lo estaba conmigo por no haberlo podido evitar y con ella por haberlo hecho. Y quería explicaciones. Esta vez cuando entré mi acompañante me llevó directamente al comedor en el que cenamos la noche anterior donde ya tenía hasta la copa de vino servida esperándome. Tuve la tentación de bebérmela de un trago porque tenía la boca seca y sentía un temblor en mis manos.

—Siéntate y charlamos. Y te doy las explicaciones que imagino que quieres —respondió a mí pregunta interna.

—No sabía que tuvieras también capacidad de leer mi mente —mentí con mis palabras porque sabía que no podía y fui brusco en mis formas al sentarme apartando los cubiertos y el plato a un lado para agarrar la copa entre mis manos con fuerza. Se me habían quitado las ganas de comer.

—Sabes que no tengo esa capacidad pero conozco a Noriah y su forma de ser hace muchos años e imagino lo que ha hecho, sin leer tu mente, porque percibo hoy una incomodidad que ayer no tenías. En efecto, ella será quien te acompañe en tu misión para ayudarnos y será ella la que te dé explicaciones sobre sus métodos. Puede que después lo entiendas mejor. A partir de mañana podéis partir si así lo consideráis oportuno. La he convocado después de que cenemos para que podáis hablar

Traté de calmarme y comportarme como un buen invitado. Aunque no podía evitar el ingerir con rapidez los que cogía sin prestar detalle y sin apenas apreciar que tipo de alimento entraba en mi boca.

Deseaba hablar con la embajadora o hechicera, no sabía muy bien que rango atribuirle. Necesitaba tener claro a que atenerme en esta situación en la que se suponía que yo debería de protegerla. Aunque sospechaba que no era precisamente una persona indefensa a la que acompañaba en un peligroso viaje. Puede que estuviera yo más en peligro que ella.

Habíamos finalizado la cena cuando Aliana entró de forma precipitada y, por su rostro y el gesto de los labios apretados, supe que algo grave había ocurrido.

—Siento interrumpir la cena, pero creo que este asunto es urgente. En su despacho le espera el guardián de la biblioteca y Noriah. Han hecho hoy un inventario y se ha descubierto que falta otro libro y después de hacer todas las comprobaciones se ha confirmado un nuevo robo. (Continuara…)

Relato original de Gaby Taylor

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