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Cuéntame un cuento y verás que contento… (parte 1)

Como ya he mencionado en otras entradas, regalar libros es una de los mejores ideas que se pueden tener hoy en día. En esa publicación desarrollé las diez estupendas razones para hacerlo. Pero, para llegar a eso, antes hay que regalar cuentos que formen a lectores adultos en el futuro. Para algunas personas es una proceso de descubrimiento que requiere tiempo y llega solo en una etapa madura de sus vidas y para otras, como en mi caso, llegó por una gran curiosidad a través de los comics, casi tanto como con los cuentos. En ambos casos la mayoría suele tener el primer contacto con la lectura a través del mundo de estos últimos, y por eso es tan importantes, a la hora de iniciar nuestra singladura como lectores, el incidir en que se regale este tipo de literatura a los niños incluso antes de que aprendan a leer, ya que hay cuentos desde los 0 a 3 años donde aprenden por imágenes, sonidos y tocando sus páginas y, por supuesto, leerles hasta que ellos sean capaces de hacerlos solos.

El momento en el que surgen los cuentos, y su posterior utilización para los niños, es algo que se pierde en el inicio de los tiempos. A pesar de no saber el origen ni su procedencia a ciencia cierta, hay consenso en que los cuentos más antiguos surgieron en Egipto hacia el año 2000 a. C. Fueron seguidos por las fábulas griegas de Esopo (donde encontramos los primeros indicios del deseo de moralizar) y los romanos Apuleyo y Ovidio, que se ocupaban de temáticas griegas y orientales con los primeros elementos mágicos y fantásticos.

De hecho en cada rincón del mundo hay tradiciones que explican su nacimiento de diferentes formas y un ejemplo claro lo tenemos en el famoso relato de Las Mil y una noches que como todos los cuentos en sus orígenes es importante aclarar que se trata de literatura sin autor conocido y de tradición oral. Es por ello que hay diferentes versiones que se van ampliando o modificando a gusto del consumidor, formado así una especie de autoría colectiva muy habitual en la literatura popular. Lo que ocurre es que con el paso del tiempo hay un autor conocido que decide traducirlos, organizarlos, matizarlos y llegan a nuestras manos tal vez con otro fin y dirigido a un lector u oyente que no es para quién en un principio nacieron.

Así en el relato árabe, que con anterioridad he mencionado, podemos decir que ni eran mil ni se inició su singladura oral como conocemos de forma más popular. Según documentos del siglo IX, la persona que tradujo estos primeros cuentos del persa al árabe fue Al-Muqaffa, aunque dejando constancia de la existencia de este tipo de cuentos populares y aclarando que no enseñan nada puesto que están llenos de mentiras y cosas inverosímiles que solo hacen reír. En resumen, algo para pasar el rato.

El manuscrito más antiguo de La mil y una noches es un pequeño trozo de papel de origen iraquí en el que consta una fecha, 879. Fue encontrado en El Cairo en 1947 y descifrado por la paleógrafa Nadia Abbott un par de años después. En la Historia de España bajo los musulmanes de al-Maqqari, hay una referencia a la existencia de una obra del siglo XII titulada Las mil y una noches. Abbott señala esto en su documentación de la evolución temprana de los cuentos. Entre otras conclusiones, mostró que las mil y una noches toma prestado el relato enmarcado (alrededor del cual se acumulan historias árabes originales y arabizadas) de Hezar Afsaneh, una colección de cuentos indo-persa. Ella demostró que era casi un siglo más antigua que las primeras referencias conocidas de Las mil y una noches, y estableció una cronología de la evolución de este cuento, que ha permanecido válida desde entonces.  Es el documento literario árabe en papel más antiguo del mundo y actualmente se conserva en la Universidad de Chicago. Y si no tenemos más detalles sobre este cuento es

Otro manuscrito interesante es uno encontrado en la Gueniza del Cairo en 1890. La Gueniza es el almacén que tienen las sinagogas para guardar los manuscritos y los textos sagrados que quedan en desuso. No los guardan para conservarlos sino para evitar que cualquier escrito que contenga el nombre de Dios sea tratado de manera poco apropiada. Cuando se llena del todo se quema el material y se entierra, una tradición de la religión judía que en este caso ha venido muy bien para descubrir esta documentación . La Gueniza que descubrieron en El Cairo en el siglo XIX estaba llena de manuscritos interesantes. Entre otros una lista de la biblioteca de un médico judío que se dedicaba a prestar libros en 1150. Parece ser que le prestó Las mil y una noches a un tal Majd Ibn Alaziz, que no se lo devolvió que de ahí viene mi consejo de usar un exlibris si se prestan nuestros libros y del que hable en una entrada anterior.

Después de dar muchas vueltas y pasado bastante tiempo esta historia de Las mil y una noches llega a occidente de la mano de un francés amante de las tradiciones y la cultura oriental, muy de boga en esta época.

Antoine Galland (1646-1715) fue un orientalista y arqueólogo francés. Era de familia humilde y cuando acabó sus estudios básicos le llegó el momento de aprender un oficio. Pero a él lo que le gustaba eran los idiomas y se escapó a París para estudiar árabe, latín y griego. Gracias a su conocimiento de idiomas le contrataron en la Sorbona para catalogar manuscritos orientales y trabajó para los servicios diplomáticos franceses en la embajada de Constantinopla y en la Compañía francesa de las Indias orientales. En 1688 viajó a Siria, donde compró el que en aquel momento era el manuscrito más antiguo que se conocía de Las mil y una noches y empezó a traducirlo años después, en 1704. Antes de ello, había traducido la novela Simbad el Marino. Y aquí hago un inciso para comentaros que ni Simbad ni Aladino ni Alí Baba formaban parte del original de Las mil y una noches. Fue Antoine Galland quien los añadió. De hecho, eran cuentos que le explicaba su amigo Hanna Diab, sirio afincado en París, y que a Antoine le gustaban tanto que decidió incluirlos en su traducción como parte de la obra. La verdad es que el libro gustó muchísimo en la corte de Luis XIV. Tanto que los editores comenzaron a tener la costumbre de añadir cuentos de cosecha propia, como hacía por ejemplo la viuda del impresor Claude Barbin, quien con buen ojo empresarial, y viendo el éxito que tenía el libro, le iba añadiendo cuentos a sus ediciones para incentivar a los lectores a comprar las nuevas versiones. Y esto no ocurrirá solo en esta narración si no que, a lo largo del tiempo, se ha visto que ha sido una costumbre muy arraigada en los autores de este género literario.

Como traductor, Antoine Galland intentaba ser lo más fiel posible a la lengua árabe y él mismo decía que solo se apartaba de la fidelidad al texto cuando el decoro le obligaba. O sea, que censuró todas las partes que le parecían demasiado explícitas sexualmente. Y eso quiere decir mucha censura y muchas partes adaptadas al gusto puritano occidental. De hecho, hasta hace bien poco las versiones que nos han llegado de Las mil y una noches estaban ampliamente censuradas y llenas de cuentos añadidos que no pertenecían al libro original. Otro aspecto que también se ha visto en los cuentos de Charles Perrault, que de lo que escribió este autor a lo que ha llegado a nuestros días hay un abismo.

Y llega un momento que, estos cuentos orientales, se traducen al castellano y esto ocurre de la mano de Vicente Blasco Ibañez (1867-1928) que quizás sea más conocido como escritor que como traductor. Fue un hombre de vida intensa desde el punto de vista creativo, político y personal, pero queremos destacar que tradujo al español Las mil y una noches en 1899 a partir de la traducción francesa de Mardrus y que durante muchos años la traducción española que corría entra el público casi de manera exclusiva fue la suya. 

En occidente ya teníamos una tradición relacionada con los cuentos que no tienen nada que ver con la oriental, aunque que, en el fondo, no deja de surgir por el deseo del ser humano de contar historias que fueran de boca en boca. Posiblemente, en su origen, surgió por un deseo de entretener, pero que con el paso del tiempo, al añadirse poco a poco más trama a la narración, pasaron a tener un fin moralizante para sus oyentes. Como no quiero hacer esta entrada muy larga, en una próxima desarrollaré el tema de los cuentos aquí en Europa. Pero antes de irme os dejo una pregunta ¿Recordáis algún cuento que os leyeran vuestros padres o abuelos y que fuera vuestra lectura favorita de pequeños?

3 comentarios en “Cuéntame un cuento y verás que contento… (parte 1)”

  1. Siempre teníamos cuentos que nos leía mama y cuando ya aprendimos a leer, nos lo leíamos unas a otras. En mi recuerdo Cenicienta, Blancanieves eran los más bonitos para mí

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