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El pastiche literario: Nunca te acostarás sin saber algo nuevo

Los orígenes

Antes de meterme en honduras, quise saber de dónde provenía el término pastiche literario y descubrí que su origen se remonta al año 1919. Fue acuñado en su día por el escritor francés Marcel Proust, que lo popularizó en literatura con su obra Pastiches et mélanges, en la que imitaba el estilo de autores del siglo XIX. Yo lo había escuchado varias veces durante nuestras conversaciones en la Sociedad Literaria Sherlock Holmes, como forma de denominar a aquellas novelas que no pertenecen al canon holmesiano. Este se define como el conjunto oficial y exclusivo de obras escritas por Sir Arthur Conan Doyle que narran las aventuras del detective Sherlock Holmes y su compañero, el Dr. John Watson.

Imagen de Gaby Taylor

Pese a llevar varios meses participando en la Sociedad, todavía no me había animado a leer ninguna novela fuera del mencionado canon. Incluso me adentré en otros escritos de Conan Doyle, pero el único pastiche al que me atreví a acercarme fue a series y películas, como la última de Amazon Prime, El Joven Sherlock. Es entonces cuando me hablan de Londres, 1891, de Juan Ramón Biedma, y me sorprende su lectura por el buen oficio del autor. Tenía referencias de que era una novela en la que sus primeras 60 páginas podían resultar complicadas o, incluso, que era bastante dura para lectores sensibles, y la verdad es que no hay nada que más me guste que enfrentarme a un reto de ese tipo.

Según he ido avanzando entre sus páginas más me he ido sumergiendo en la época victoriana, hasta tal punto de que he podido llegar a pensar que su autor era contemporáneo de Conan Doyle. Por lo tanto me animo a tratar de presentarte los puntos fuertes de esta novela y argumentarte por qué la recomiendo.

Lectura recomendada

Ya te he comentado con anterioridad que mis obras favoritas son aquellas en las que las descripciones tienen un peso destacado. Las necesito para delimitar un marco temporal y espacial, porque si no, abandono la lectura. Aquí, en cambio, me he encontrado que el autor lo hace a las mil maravillas usando el recurso de dos sentidos, el olfato y el gusto, algo que no suele ser habitual pero que recomiendan ya en el más básico curso de creación literaria. En realidad hay que narrar con los cinco sentidos bien afinados. Aquí he buceado con gusto entre muchas descripciones en las que se identifica Londres como la gran cloaca del Imperio Británico en esos años del siglo XIX, y lo hace sin ningún reparo. Tal vez sea eso lo que algunos lectores aducen como motivo para considerar no apta su lectura para almas sensibles, supongo que tampoco serán de los que vean las noticias del día. Esto me lleva a recordar la presentación del doctor Watson en El estudio escarlata, donde Conan Doyle lo hace, podría decirse, con más delicadeza:

…gravité hacia Londres, gran sumidero al que se ven arrastrados de manera irresistible todos cuantos atraviesan una época de descanso y ociosidad.

El padre de Sherlock Holmes, para mí, es condescendiente si interpreto su descripción como que a la ciudad van a parar las aguas de muchos lugares. La realidad es que si cambiamos esas aguas por habitantes de todo el imperio eso es cierto, pero la mayoría no iban a descansar ni tenían una vida ociosa, a no ser que fueran casos como el del Dr. Watson, licenciado por sus heridas. Juan Ramón no admite concesiones y nos presenta la capital de un forma dura, con todas sus sombras, las más oscuras que te puedas imaginar: prostitución, tráfico de niños, zoológico humano, espiritismo… Inmundicia de alto nivel, donde la famosa moral victoriana brilla por su ausencia. Algo lógico pues era más hipocresía que moral. Las malas condiciones de vida de la mayoría de los habitantes quedan muy bien reflejadas, capítulo tras capítulo. Nunca baja la guardia, siempre está ahí esa degradación.

Getty Images «Una corte para el rey del cólera», dice esta ilustración hecha en 1852, que muestra una escena típica de las condiciones de hacinamiento, insalubres en los barrios bajos de Londres. El cólera apareció por primera vez en Gran Bretaña en 1831, y los brotes ocurrieron regularmente en Londres a mediados del siglo XIX

Podría poner muchas descripciones como ejemplo de esa crudeza, pero dejo que el futuro lector las descubra sin mi ayuda. Si acaso mencionaré la sensación de que el autor le da mucha importancia a la niebla, esa que en aquella época cubría Londres varios días seguidos en su momento más álgido y que llegará a causar entre 4000 y 12000 muertos (1952); esa que ayuda a encubrir delitos, ocultar cadáveres y a desviar la mirada para no ver aquello que incomoda. Junto a esto se recuerda el Gran Hedor que afectó a Londres en el verano de 1858, en la voz de quién considero protagonista de la trama: Cox. Todo ello, niebla y malos olores, queda muy bien reflejado y enmarca la acción, favoreciendo que el lector sea casi un personaje más, aunque en actitud de mirón desde una acera cercana o tras una ventana. En mi caso, me hubiera gustado estar en el momento en el que los trabajadores de las cloacas entran en el club Diógenes. La presencia del olor tenía vida propia y llegó hasta mis fosas nasales:

La exhalación de las inmundicias que llevaban consigo permanecía allá por donde pasaban […] Todos estaban sucios, pero algunos de ellos venían completamente rebozados en una sustancia negruzca incomparablemente más repulsiva que las excrecencias que conocían los ciudadanos que no bajaban a las mismas profundidades que ellos. La fetidez es una entidad inestable, dotada de peso, volumen, masa, densidad y vida.

Entrando en materia, tenemos tres protagonistas: Cox, Holmes y Moriarty. El primero tratando de salvar a una niña secuestrada y que lleva el peso de la historia, mientras los otros dos se hallan en continua persecución con el fin de aniquilarse mutuamente. El profesor es el inductor del secuestro de la hijas y nietas de importantes personajes de la sociedad de la época, incluida la mismísima reina Victoria. A su vez, nuestro detective tratará de buscar todas las pruebas necesarias para que incriminen a su eterno enemigo en un asesinato, ajeno a este último golpe que Moriarty tiene planeado. Todos ellos están estupendamente acompañados por otros muchos secundarios que Juan Ramón tiene la habilidad de ir presentando poco a poco, añadiendo con ello un nuevo grado de interés en la trama. No hay muchos momentos de relax en la lectura, siempre es un continuo avanzar, conocer nuevos hechos, añadir historias laterales que acaban confluyendo en la principal. Como aquellos afluentes del Támesis aportan más detritus a sus aguas, estos personajes añaden más hechos inmorales al ya de por sí decadente y ominoso conjunto .

Ilustración de Sidney Edward Paget

El autor ha hecho un buen trabajo con Holmes, ya que sigue siendo el detective por todos conocido, pero en este caso no asumeel protagonismo, más bien se encuentra en dificultades y acosado por los agentes de Moriarty, tratando de sobrevivir y, a la vez, de acabar definitivamente con su enemigo. No puede confiar en nadie.

La documentación histórica se presenta muy bien incrustada, haciendo que se diluya sin dar la sensación de que estamos ante un manual, defecto del que suelen adolecer muchos novelistas que pertenecen al gremio de los historiadores o que, sin serlo, para dar verosimilitud abusan de los datos. Había hechos que yo conocía, como el de los zoos humanos, por mi búsqueda en otro momento sobre el circo Barnum. Uno de estos existió en España, en El Retiro, durante este mismo siglo XIX. Llegaron a mantenerse hasta la exposición universal de 1958, en Bélgica, aunque generaban muchas protestas. Otro detalle que valoro mucho es que tampoco tira de lenguaje florido o de un exceso de términos de época, hecho también muy común y que hace que el lector pierda el gusto por la lectura.

He llegado a un punto en el que los autores me llaman la atención no tanto por sus historias si no por cómo llegan a ellas y qué técnicas usan para su desarrollo, por ello suelo buscar información de su trabajo y leo algunas de las entrevistas que les han realizado a largo de su trayectoria. Así encontré una, precisamente a raíz de la publicación de Londres, 1891 en el 2015, donde habla de que el detonante de esta novela fue una conversación sobre estos zoos humanos del siglo XIX y, si bien trató de hilar una novela en la que Barcelona sería el escenario, lo cierto es que al final acabó en Londres y con esta trama. Me encantaría saber cuál fue el hilo conductor que le llevó hasta esos lares. Siendo como soy autora, entiendo ese tirar de la madeja y salir un poco por Antequera y con los siete niños de Écija como compañeros de viaje. En esa misma intervención habla de retomar este tema en una próxima novela, pero creo que su trabajo ha continuado por otros derroteros.

Al haber acabado este libro me he quedado con ganas de más, pero no de historia, sino de conocer la trayectoria de Juan Ramón. Por ello voy a cumplir mi premisa: leer de un autor que llama mi atención su primera y su última novela y, si cumple mis expectativas, al final acabará entrando a formar parte de mi biblioteca. Creo que para aprender siempre tiene que ser de los mejores. Ya me ganó bastante cuando leí un comentario en la citada entrevista, que ya había oído previamente de boca de otro autor.

El trabajo de construcción lingüística es el gran perdedor en la literatura del siglo XXI, donde la mayoría de las novelas superventas parecen escritas por un alumno de segundo curso de grado universitario. Es indispensable mantener el empeño en esmerar este aspecto esencial de la literatura si queremos evitar su decadencia.

Tras esto estoy deseando asistir al encuentro en la librería El Laberinto con este autor, el próximo día 19 de marzo. No solo se hablará de esta obra, sino también de su última publicación, El club de los primogénitos, que ha recibido el galardón de novela Letras del Mediterráneo 2025. Te dejo el cartel por si te interesa también acompañarnos.

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