¿Has tenido algún momento de tu vida en el que te hayan dado unas irrefrenables ganas de escribir sobre algo personal y soltarlo al viento? ¿Has necesitado contar algo a alguien y, al no ser esto posible, te has planteado escribir un diario o una carta sin destinatario? ¡Pues, bienvenido a la escritura terapéutica!
El ser humano tiene tendencia a comunicarse y expresar sus sentimientos, aunque sea con personas de mucha confianza. El aislamiento no conduce a nada positivo, y en el peor de los casos, puede llevarnos a gastar mucho dinero en psicólogos. Teniendo en cuenta la deficiente gestión de la salud mental, es muy probable que terminemos gastando el dinero en medicamentos que suelen terminar en PAM (diazepam, lorazepam, entre otros). Por lo tanto, lo ideal es escribir sin restricciones y dejar que la luz brille en nuestro camino. De hecho, todos los escritores, a veces sin ser conscientes de ello, plasmamos mucho de nosotros mismos en nuestras obras: sueños, emociones, vivencias, miedos y esperanzas. En ese sentido, todos hacemos una forma de escritura terapéutica.

Desde mi punto de vista, hay dos maneras de desahogarse, siendo la más clásica escribir un diario. Puede que alguien tenga en mente alguna más, pero de momento yo me voy a centrar en las que he comentado.
El ejemplo que nos viene rápidamente a la mente es el de Ana Frank, pero hay otros muchos autores que han utilizado este método para plasmar sus historias, e incluso su autobiografía. Otro género que se utiliza es el epistolar, que consiste en escribir cartas.
De hecho, en mis cursos de formación, una de las cosas que recomiendo es un híbrido entre diario y notas personales. Porque escribir, y sobre todo si es a mano, ayuda a reflexionar y a asentar ideas que vuelan a nuestro alrededor. Les incito a hacerlo porque normalmente tenemos tendencia a no valorar de nosotros mismos más que aquellas cosas que hacemos mal, y no somos capaces de hablar de todo lo que somos capaces de hacer bien, así como obviamos nuestros éxitos en el pasado. Para ello, les obligo a una dinámica breve donde ponemos en común precisamente que hablen de sus defectos y de aquellas cosas que hacen bien y pueden aportar como valor en su futuro trabajo. Eso es algo fundamental, pues en las entrevistas laborales suelen caer dos preguntas: ¿qué piensas que tienes de negativo que puede afectar al buen funcionamiento de la empresa? y ¿qué aspecto positivo de tu carácter crees que puedes aportar como valor para la empresa? Seguro que si piensas ahora mismo en esas dos mismas preguntas te saldrá una lista enorme de cosas que no te gustan de ti, pero no serás capaz de poner en pie una lista tan larga de virtudes, a no ser que tengas un ego del tamaño de Notre Dame. A partir de este momento, les animo a escribir esa lista en casa.
Muchas personas no se valoran lo suficiente debido a que no son conscientes de las virtudes que poseen o de los éxitos que han cosechado a lo largo de su vida, ya que estos suelen ser discretos. Sin embargo, seguro que si te sientas en un lugar tranquilo con lápiz y papel, podrás hacer una amplia lista.
De ahí viene un poco el auge que ha tenido la escritura terapéutica de un tiempo a esta parte y que es muy recomendada por los psicólogos y formadores. Es una forma de sacar nuestros demonios afuera y poder exorcizarlos. Esto nos ha llevado a que surjan toda una serie de pseudoescritores que nos inundan las redes y las plataformas de autopublicación con sus vivencias, ausencias, frustraciones y penas, pensando que puede servir como experiencia para otros lectores, algo que en realidad no es cierto, por mucho que se empeñen estos escritores y algunos lectores, porque nadie escarmienta en cabeza ajena. Ya sabéis que el refranero es muy sabio. Tal vez sea porque hoy en día vivimos en un mundo exhibicionista en el que si no sabe todo el mundo todo de ti, no existes, o por lo menos eso se piensa.
Esto estaría bien si se trabajara este tipo de escritura con la misma seriedad con la que se publican otras novelas. Lo que ocurre es que con esta tampoco se cuida y se mima como se debería en todos los pasos previos a su publicación. Se alega que, como se escribe sobre sentimientos, como en el género romántico, no tiene por qué pasar por un proceso de edición. Por ello nos encontramos con muchos bodrios literarios encubiertos bajo el amago de volcar frustraciones. Todo ello envuelto en la excusa de plasmar situaciones vividas que pensamos que a otras personas les interesan. Así tenemos las biografías del mundo del famoseo que se presentan como diario de una vida. Un ejemplo de ello me causó mucha risa y fue la biografía de Justin Bieber, escrita cuando tenía 17 años, en la que me encontré esta frase:
También os desvelaré en quién me he convertido desde que me brindaron esta increïble oportunidad de compartir mi música con el mundo.
Justin Bieber: mi historia: Primeros pasos hacia la eternidad (Edit. Timum Mas 2011)
¿Pensáis en serio que alguien con 17 años puede hablar de conversión? Si todavía no le ha dado tiempo de salir del cascarón como un Calimero. No discuto que su música pueda gustar, porque hay melodías de este cantante que tengo en mi lista de reproducción. Pero de ahí a pensar que lo que podría ser una escritura terapéutica sea válida para trascender de lo privado a lo público, es ya otro escalón. Pero eso, al final, es lo que hemos comentado precisamente ayer sobre este tema: si no te exhibes, no existes.
Este ejemplo sería salirse del diario tradicional y saltar a la esfera pública con algo parecido a una autobiografía. Luego tenemos la otra opción, que también aparece reflejada en las terapias de ayuda, como pauta para descargar mochilas, y es la carta dirigida a la persona o personas que han producido un daño considerable en un individuo.
Es un método muy útil. La más clásica es aquella dirigida a otra persona, en la que podemos escribir una carta de reconciliación que incluya el perdón y la expresión de los sentimientos heridos. A veces, uno puede sentirse tan herido y enfadado que puede ser necesario escribir dos: una para expresar todos los sentimientos negativos, que podríamos llamar «el escrito de desahogo», y otra para ofrecer el perdón. Puede ser necesario tomar tiempo entre una y otra, ya que el perdón es un proceso. Después de escribirlas, uno decidirá si es conveniente enviarlas, guardarlas o realizar algún ritual, como quemarlas, arrojarlas al mar o enterrarlas. Esto dependerá del escritor que las redacte.
Lo malo es que este tipo de método también ha trascendido a las redes sociales y nos encontramos con publicaciones largas en las que las personas justifican hechos, actitudes o frustraciones de una forma que se asemeja mucho a nuestra carta sanadora.
Este es un tema que he vivido personalmente, por lo tanto, hablo con conocimiento de causa. Ante la decisión del cambio de género de uno de mis hijos, el psicólogo nos recomendó hacer una carta de despedida como si la situación fuera un duelo. Tras reflexionar hasta la siguiente cita, lo que hice fue decirle directamente al psicólogo que yo no tenía un duelo que valiera. No perdía un hijo ni ganaba una hija, tenía al mismo ser humano que había parido, pero con un cambio de carcasa. Una carta de duelo era para un muerto y gracias a Dios ese no era el caso.
El otro caso tentador suele ser a raíz de divorcios o peleas con amigos. Si es una manera de aclarar las ideas o plasmar tus sentimientos por escrito, algo que considero muy importante, entonces es un mecanimos muy adecuado ya que es como verbalizarlo con alguien de confianza, aunque considero que siempre debería quedar en la esfera privada. Aunnque hay veces que acaba trascendiendo a lo público, ya que se cuelga en los muros y feeds de nuestras redes sociales. Así nos encontramos toda una retahíla de reproches, y explicaciones inútiles en un lugar nada adecuado para buscar adeptos a nuestras ideas, como es este espacio virtual. En tofdo caso, con eso solo logramos que la vida intima deje de serlo sin necesidad. Lo cabamos convirtiéndolo en un cuadrilátero de peleas absurdas y dimes y diretes. Deberíamos saber que nuestro perfil en internet es de todo menos controlable.
Por lo tanto, sí a la escritura terapéutica como forma de esclarecer ideas, asentar pensamientos y plasmar experiencias para incluirlas en nuestras novelas. Si eres escritora, ten en cuenta que debes tener cuidado de no hacerlo público, ya que puede convertirse en un arma arrojadiza que provoque una escalada basada en la competencia del «y yo más».