La frase Dios no juega a los dados la pronunció Albert Einstein como forma de crítica hacia ciertas teorías de la física cuántica. Con el paso del tiempo ha sido usada, ya fuera de contexto, para justificar muchos razonamientos. Lo gracioso del caso es que el mismo científico casi tuvo que rectificar porque se llegó a demostrar que, en algunos momentos, Dios en efecto juega a los dados.
Esta semana he sido yo la que ha tenido que lanzarlos, de manera figurada, ya que he disfrutado de siete días de un continuo ir y venir a eventos culturales. Incluso me he visto obligada a descartar algunos debido al volumen de los que se han desarrollado en el entorno de la Bahía de Cádiz. Debo reconocer que, pese a mi deseo de contar con el don de la ubicuidad, no se puede estar en todo. Para que la decisión tomada no supusiera agravio a ninguna parte organizadora, nada mejor que dejarla en manos del azar. Así que, aprovechando uno de los regalos de mi cumpleaños, precisamente un juego de dados para partidas de rol, decidí poner en sus manos la resolución.
¿Sabes lo que supone que en cuestión de tres días haya cuatro presentaciones literarias, alguna casi coincidente en fecha y hora? Para mí, un sufrimiento. Me hubiera encantado haber asistido a cada una de ellas. Sobre todo porque los autores son amigos con los que he compartido muchas veces encuentros o, incluso, editorial.
¿Recuerdas las contraprogramaciones de las cadenas privadas? Pues la misma sensación he vivido. Y lo que más me ha llamado la atención es que una editorial tuviera la presentación de dos de sus autores el mismo día en diferentes puntos de la ciudad y con media hora de diferencia. Me veía con la música de fondo de la saga Misión Imposible, corriendo a carajo sacao, que diríamos por aquí, para ver si podía llegar a ambos eventos. Ahí estaba con mis dados, nerviosa como en un casino, esperando que cuando dejaran de rodar me dieran la solución a tan espantoso dilema. Eso sí, mi cerebro no dejaba de picarme con una lacerante curiosidad, pues era grande su interés por saber a que se debía esa contraprogramación de eventos realizados por la misma editorial. Con toda probabilidad escondieran un motivo de marketing desconocido para mí, profana en esas lides. A fin de cuentas, de marketing y publicidad solo conozco lo referente a mis libros, nunca osaría poner en duda el conocimiento ajeno en ese campo, y, es más, prefiero seguir siendo virgen en esas problemáticas. Pero mi puñetero cerebro de analista de sistemas no dejaba de preguntárselo.
Imagino que los otros actos, a los que no pude asistir, lograron un éxito de asistencia y ventas, como lo fueron a los que pude ir. Pero siempre me quedará la duda de si tanto ordeñar la vaca, al final acabará habiendo leche para todos. Eso sí, lo que espero es que aquellos dos autores que compartieron editorial, el día y la franja horaria de sus presentaciones, no tuvieran amigos o familiares en común. Me los veo con el compromiso de encargar un avatar o un clon con el que cubrir el expediente. Les aconsejo que, si se deciden por esa opción, deben hacer el pedido con tiempo a Shein o Timu, ya que tardan mínimo dos semanitas en enviarte uno a tu casa con todas las garantías.

Al final me dieron la solución sin tener que tirar de dados y todo se resolvió sin más complicaciones. Como bien he dicho, había otras presentaciones, una de ellas en San Fernando, en su Centro de Congresos. Allí me encontraría a la compañera de AMEP, Carmen Moreno, con su último trabajo, titulado La copla Queer. Desde los Fenicios hasta Rocío Jurado. Un viaje a través de la historia de la copla remontándonos, aunque no te lo creas, hasta época fenicia.
Una de las ventajas del asociacionismo, como ya he comentado en otras entradas, es el apoyo entre los miembros del grupo, ya sea a través de las redes o de forma presencial. Así, al publicitar la compañera Carmen Moreno su presentación, no tuve dudas en recoger mis dados, pintarme la raya del ojo, juntarnos otros amigos autores y montar la expedición a la ciudad vecina. Y tras finalizar el acto, entre anécdota y chascarrillo, nos tomamos unas cervecillas, con lo que puedo decir que fue una tarde muy bien empleada. Pero eso no quita que mi cerebro siga machacándome con la cuestión de fondo, esa con la que inicié esta entrada. ¿No habría una manera coherente de coordinar las presentaciones y que no ocurra la duplicidad el mismo día y con media hora de diferencia entre varios actos? Es que parece que se hagan un Froilán (para quién no lo sepa, una manera de ponerle nombre a darse un tiro en un pie).
Posiblemente cada autor tendrá su público, pero es una lástima. Siempre he pensado que el exceso de oferta de un mismo producto acaba mermando su valor y si ya de por sí se tiene poca estima a la cultura, añade a eso una sobreabundancia de ofertas. El resultado acaba siendo un poco deprimente pese a que, al final, puede que todo sea por tener un hueco en el candelero de las redes. Entiendo que ya soy una pureta, como diría mi amiga Patricia, y eso del apoyo al compañero debe de estar pasado de moda y no me he enterado. Entiendo que si perteneces a una editorial como Planeta y vives en Madrid es complicado asistir a las presentaciones de los compañeros a lo largo y ancho de España. Ahora bien, si eres de una localidad pequeña ese apoyo sería digno de admirar, enriquecedor y todos nos sentiríamos un poquito reyes por un día. Ahora, si uno es capaz de agujerearse su propio pie, ¿qué actitud se puede esperar frente a los otros? Pues mucho morreo cara a la galería y el palito en la rueda y la lengua viperina de puertas para adentro. Una lástima para los cuatro gatos que somos, pero así estamos y así os lo cuento.
Mi recomendación semanal se va a centrar, precisamente en el libro presentado por la autora Carmen Moreno, perteneciente a la editorial Almuzara. Además de escritora la podéis encontrar trabajando en su librería de forma habitual, La Maga https://www.instagram.com/stories/lamagalibr/3309787455634429401/?hl=es, sita en la ciudad de Cádiz, muy cerquita del estadio de futbol.
Lola Flores, Sara Montiel, Imperio Argentina o Marifé de Triana destaparon el folclore, llevando a nuestros hogares el discurso de género oculto en las letras de sus canciones. Este análisis, minucioso y emotivo, explora la presencia constante, a menudo subyacente, de la diversidad sexual en la historia de la copla desde los albores de la civilización fenicia hasta la actualidad.
Desde los primeros compases, La copla queer profundiza en la ideología de género, en la música popular, destacando figuras emblemáticas como Miguel De Molina, apodado «la Miguela», Rafael de León o Lorca, quienes abordaron la expresión de la homosexualidad en sus creaciones, marcando un hito significativo en su aceptación y visibilidad en la esfera cultural.
La copla, saturada de guiños LGTBI, sirve como terreno de exploración a través de intérpretes como Lola Flores o Rocío Jurado, quienes no solo fueron iconos nacionales, sino también firmes defensoras de la diversidad sexual y del discurso de identidad, desafiando estereotipos y allanando el camino hacia la aceptación.
Estas páginas destacan cómo la música ha sido un poderoso medio de expresión para la diversidad de género, a través de temas que surgieron en un momento de efervescencia y conectaron con un espectro sexual y social muy amplio. Las letras de estas canciones se revelan como un catalizador para el cambio, la tolerancia y la aceptación del discurso de identidad en todas sus formas y manifestaciones… Para querer unos «ojos verdes», con sexo pero sin condición.
Carmen Moreno es una persona plena y una autora total. Con la inevitable complejidad de la sencillez».
Juan José Téllez, escritor y periodista

La presentación se inició en forma tertulia, preguntando la autora a algunos de los asistentes cuál era su copla favorita. Fui una de las interpeladas y así recordé cómo en mi adolescencia, en casa de mis padres, tanto la copla como la zarzuela eran las letras y melodías que acompañaban a nuestro quehacer diario. Me vi en esos años planchando la ropa que iba a utilizar para salir con mi pandilla mientras cantaba Ojos verdes e hice mención de ello. La mayoría de los asistentes contábamos con una edad en la que la copla y sus intérpretes estaban en pleno apogeo y entre anécdota y comentario se fue desgranando la temática del libro.
Me hice con un par de ejemplares y mi madre, con sus 85 años, ya casi ha dado buena cuenta de sus páginas, pues está escrito de una manera muy amena. Para ella supone recordar los años de su madurez, para nosotros la juventud y para muchos, que no habían nacido y que pertenecen al siglo XXI, puede suponer acercarse a una realidad que, si bien no ha desaparecido, ya no es igual que antes. No digo que le mundo de la canción, mal llamada «española», sea ahora peor; solo es diferente. Han cambiado las motivaciones que la encumbraron y todos aquellos que la pasearon por los locales de medio mundo ya no existen. Por ello no viene mal leer un libro, como el que os recomiendo hoy, y conocer de otra forma una parte de la historia de nuestro país.