Es la discusión en la que dos o más personas opinan acerca de uno o varios temas y en la que cada uno expone sus ideas y defiende sus opiniones e intereses. Una técnica muy presente en la cultura anglosajona y que en las universidades españolas no se ha empezado a utilizar de forma sistemática hasta bien entrado el siglo XXI. Está claro que siempre ha habido grupos que lo utilizan, pues se presupone que en el mundo de la política debe estar a la orden del día saber manejar este recurso, como una de las piezas fundamentales del trabajo cara al público, aunque no era fácil encontrar alumnos que lo practicasen en bachiller y mucho menos en la Formación de Profesional. Seguramente te preguntarás para qué sirve debatir y ese es el punto importante de esta entrada.
Vamos al grano
Se presume en la actualidad de la libertad de expresión y se alega que todo se puede decir con educación. Sin embargo, estamos en la época en la que más censura hay y en la que, como nunca, la forma de manifestarse es más burda, indecente, desagradable, mal intencionada, dañina y sin fundamento de todos los tiempos. Y eso que, se supone, todos tenemos acceso a la educación y no solo a la académica, sino a la conductual.
Hay un sin número de opciones para opinar sobre lo divino y lo humano en las redes sociales, destacando X y Threads. No estuve en la primera y por echar un ojo he entrado en la segunda, pero sin gran interés porque ya sé lo que va a pasar. Funciona con la misma mecánica que cuando uno traslada su opinión en Facebook: comentarios vomitivos.
Para empezar, que opines, que estás en plena libertad de hacerlo, no significa, si no lo fundamentas de manera adecuada, que tu opinión valga para algo. Lo más probable es que sin una base argumentativa ese comentario sea una mierda, sin ambages. En el caso de que tengas una formación y un criterio podemos empezar a debatir, ya sea para reforzar con otros conocimientos lo que se opinó en un principio, ya sea para rebatir lo dicho. Está claro que podemos enriquecernos puesto que no sabemos de todo. Pues ya la hemos liado, pollito, porque en estas redes sociales llenas de opinionistas de dudoso pelaje, el todo vale está a la orden del día. Como no nos han enseñado a hacerlo pensamos que podemos decir cualquier cosa y quedarnos tan panchos.

Un ejemplo lo veo a nivel literario. Es un tabú decir que la obra de un escritor es mala ya que no se puede tirar por tierra su trabajo y que, en todo caso, será un tema de gustos. Vaya por Dios y san Cucufato bendito, se le niega validez al comentario porque se le atribuye que solo depende del gusto del lector. Pero ojito, que sí se puede decir que es maravilloso, supremo, sublime y excelso, basándonos en el gusto, y darle el valor de opinión; una opinión de esas que van a misa y son inapelables. Pues va a ser que no, que hay libros publicados que son un verdadero horror y que no se deberían leer ni pasando las páginas con un palo. Eso se puede argumentar, porque demostrar que carecen de la técnica necesaria para considerarse un escrito legible no es tan complicado para el que quiera escuchar. ¿Escuchar? ¿Qué es eso?
Otro momento que viene a mi mente ha sido esta semana pasada. Fue de alguien indefinido que, al yo aconsejar la lectura de un libro para que un amago de autor intentara aprender lo más básico del oficio de juntador de letras, me vino a decir que cómo osaba recomendar algo que usaba las palabras best seller y coatching en el título. Alma de cántaro, mira que alegamos, cuando nos conviene, que no se puede uno hacer una idea del regalo por el envoltorio y que las apariencias engañan. Como sí he ido a una escuela de debate, lo primero que le argumenté fue eso y, lo segundo a destacar, lo basé en que la autora, como bien explica en la introducción de su manual, se apoyó en su tesis doctoral para dar unas pautas divulgativas que ayuden a aquellos futuros autores que no saben por dónde iniciar un escrito. Aunque si quieres ser autor y no sabes por dónde empezar me plantearía que escribir no es lo mío. Seguro que si le recomiendo el de Brandon Sanderson ―Curso de escritura creativa―, que es igual de best seller, le hubiera parecido estupendo. ¡Ah!, por cierto, también argumenté que si no había recomendado el de Brandon, así de primeras, era porque para anglófonos es ideal, pero para hispanohablantes lo mismo no lo es tanto. Es cierto eso que decía mi abuela de que la ignorancia es muy atrevida y que la prudencia está ausente en nuestra vida.
¿De dónde viene todo esto?
- De la falta de formación. Para un debate hay que saber de qué se habla y haber reflexionado sobre ello.
- Del desconocimiento supino de los mecanismos de debate. No se insulta ni menosprecia cuando no se sabe qué decir.
- De tener una cara de cemento armado y pensar que somos lo más. Suelen ser los que solo han hecho la «o» con el canuto.
- De estar seguro de que lo que digo yo va a misa.
Los puntos tres y cuatro los acepto si mi oponente en la discusión me demuestra que es una autoridad en la materia o que, si no lo es, tiene para ese punto una argumentación irrebatible, porque, en caso de que se le pueda rebatir, en mi turno de intervención lo haré gustosamente.
Obviamente no soy la purga de Benito y no sé de todo, pero tengo dos cosas a mi favor. Una es mi curiosidad implacable, que me lleva a buscar multitud de respuestas ante una duda sin quedarme satisfecha hasta que no encuentro la que de verdad me parece más acertada. La otra es que soy docente. No significa que todos los que tienen esta formación sepan enseñar, pues pese a que es obligatorio el curso de aptitud pedagógica (CAP) ―un título con el que se acreditaba que la persona que lo obtiene cumple los requisitos necesarios para impartir tanto clases como orientación educativa―, de tenerlo a saber usarlo va un trecho. Hoy en día esto se soluciona con un máster en pedagogía, pero que viene a ser lo mismo, por si alguien tiene alguna duda. Hoy hay uno hasta para la aplicación del gel para el esmaltado semipermanente de uñas ―sin menospreciar a las profesionales del gremio― y no creo que sea necesario tanta especialización en algunos temas, pero eso, seguramente, supondrá otra reflexión en otro momento.

En resumen, si debato y afirmo algo es porque estoy segura de lo que digo, ya que lo he confrontado. Y si me demuestran lo contrario soy perfectamente capaz de agradecer el aprendizaje, ¡faltaría más! España, a nivel general, ha perdido la carrera en el enfrentamiento dialéctico con elegancia. Me da vergüenza ajena, en la política y en la vida cotidiana, ver a personas vomitando afirmaciones que se caen por su propio peso. Lo lamentable es que si intentas rebatirlo se lanzan al insulto fácil y al descrédito. Me produce ese mismo sentimiento ver a pseudoautoridades que enarbolan la bandera de la sabiduría criticando lo que otros hacen y, a la vuelta de la esquina, repiten todo aquello que han reprobado. Encima, si se les pilla en la mentira, tiran de alegar que se les reprime, que tienen derecho, que no sabes de lo que hablas o de excusas peregrinas y lágrima fácil. No me considero una persona muy inteligente, pero es muy burdo lo que hoy en día se está haciendo con la comunicación: envuelven afirmaciones falsas en hermosos papeles de colores, siendo las mismas mentiras de siempre.
Mi lectura recomendada de la semana
A estas alturas de la vida pienso que cada palo aguante su vela y cada perro se lama su pito. Tampoco esperarás que sea políticamente correcta, ¿verdad?. Eso no quita para que me guste estar informada de todo lo que ocurre a mi alrededor y formarme opinión. ¿A qué viene esto? A la situación que se vive en muchos países en conflicto, que es peligrosa para toda la humanidad y no está en mis manos evitarlo. Entiendo que haya manifestaciones en contra y a favor, comprendo que diversas ONG luchen por mejorar la situación de las innumerables víctimas de estas coyunturas; pero, a la hora de la verdad, somos las piezas de un tablero en el que los jugadores viven en magníficas mansiones, cómodos y calentitos, a miles de kilómetros de los escenarios de guerra. Eso no quita para que, como he dicho, conozca el mundo en el que vivo y te anime a que tú hagas lo mismo. Así, si tienes que debatir lo harás con conocimiento de causa. No hace falta leer sesudos manuales de política ni tragarte todos los programas donde se hable de la situación internacional, pero sí es bueno buscar, entre las páginas de las bibliotecas, autores que nos narran de una forma sencilla lo que viven en sus países, contado casi para adolescentes de los de antes, con lo que es más sencillo de entender que un tratado de política.

Uno de esos autores que puede valerme de ejemplo es Marjane Satrapi, con su obra Persépolis ―además es guionista, dibujante de historietas y directora de cine―, de nacionalidad franco-iraní. Aquí nos presenta su autobiográfica, la historia de cómo creció en un régimen fundamentalista islámico que la acabaría llevando a abandonar su país. El cómic empieza en 1979, cuando tiene diez años, y desde su perspectiva infantil es testigo de un cambio social y político que pone fin a más de cinco décadas de reinado del Sha de Persia y da paso a una república islámica. Los dibujos son en blanco y negro y de una sencillez abrumadora, porque el interés radica en el texto. El lenguaje de esta historieta se presenta con multiplicidad de registros (familiar y estándar, dejando a veces sitio para la vulgaridad), mostrando al público la diversidad y autenticidad de una vida cotidiana. En el trasfondo se vislumbra a su familia, que se opone activamente al gobierno del Sha, las manifestaciones que recorren todo el país, la diferencia de clases sociales o su marginación por pertenecer a una élite prooccidental. Todas ellas son algunas de las piezas del rompecabezas que la narradora se esfuerza por componer con la intención de comprender el mundo que la rodea. Al tiempo que va creciendo, Marjane se da cuenta de que el nuevo régimen, por el que lucharon sus padres, ha caído en manos de los integristas y que no trae consigo nada bueno. Han cambiado una dictadura por otra. Se entiende perfectamente la sensación de estafa que sufrió el pueblo iraní de manos del nuevo gobierno, a través de sus ojos, y que actualmente los sigue rigiendo.

Esta novela gráfica sencilla ―que no simple― nos ayuda a entender un poco mejor el complejo mundo de las mujeres en Oriente Medio, sobre todo de aquellas que se educaron al modo occidental y, de la noche a la mañana, se vieron obligadas a esconderse detrás de los burkas. De aquellas aguas tenemos los actuales lodos. Esta es una de las bases de la guerra sorda ―y no tan sorda― que afecta al mundo en nuestros días.
Como la autora reconoce, se inspiró en otro autor francés de novela gráfica, David B. con su obra La ascensión del gran mal. El novelista usa el mismo recurso de la autobiografía para desarrollar su trabajo. Ambos son fiel exponente del auge de la novela gráfica en el siglo XXI como modo de trasladar sus inquietudes al papel y mostrarlo al mundo.

Si la recomiendo es por muchos motivos. El primero porque ese periodo histórico, la guerra civil que sufrió Irán, está dentro de mi memoria como un eco lejano. Sin embargo, las consecuencias las estoy viviendo en la actualidad y, si no lo viviste o no lo recuerdas, lo mismo con esta lectura aumenta tu curiosidad. Un viaje directo desde el fundamentalismo islámico de aquella época a nuestro presente y que nos sirve para entender la ruptura que sufren muchos refugiados por conflictos militares que, en realidad, se sienten apátridas, y que, siendo expulsados por uno otro motivo de sus países, nunca son bien acogidos en los de acogida. Además, es una forma muy amena de acercarse a la ganadora del Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2024. Y de ser cool.
¡Genial y real!
No entiendo como la gente se enfada en las redes cuando expresas una opinión. En primer lugar ya no existe la elegancia de rebatir un comentario con otro o sencillamente admitir que el punto de vista que te exponen no lo habían pensado, por ejemplo, y te puede hacer recapacitar.
Tienes mucha razón al comentar que cada vez hay más censura, aunque lo triste es que la gente no se percata de ella.
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