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La esperanza de vida de nuestras bibliotecas

Esta semana se ha celebrado el día de las bibliotecas y aunque no he hecho referencia en mis redes sociales al tema, ya tenía previsto desde la semana pasada esta entrada que te presento hoy. Esta vez lo que me preocupa es la esperanza de vida de esos espacios culturales, ya que nos encontramos en plena época de digitalización de muchos aspectos de nuestra vida, incluidos los libros, y quería conocer como está repercutiendo este hecho en los lectores.

Te voy a poner un texto que he sacado literalmente de la última novela que he leído. Es un texto largo y aún así creo que vale la pena dedicarle un poco de tiempo a su lectura y reflexionar sobre lo que cuenta:

—Yo solo había estado en dos bibliotecas en mi vida. La del Colegio de la Santa Cruz de Valladolid y la del Escorial. Y esas dos porque nos llevaron en excursiones de la escuela. El concepto que me hice de una biblioteca después de esas visitas y de mis lecturas, fue el de lugares sagrados, templosde sabiduría donde reinaba el silencio y el respeto, donde se cimiento y se mascaba cultura. Cuando entré en la biblioteca de Valladolid para presentarme como nuevo trabajador, el contraste entre mis ideas y la realidad no pudo ser más brutal. Gente en cualquier sitio con un runrún maleducado de personas charlando por todas partes. Grandes colas para prestarse o devolver los libros. Las estanterías revueltas por manos irrespetuosas. Un follón, vamos. No sabía bien qué era una biblioteca apellidada pública. Al parecer, los dirigentes de este país habían lanzado la consigna de «democratizar la cultura».

Le advierto, inspectora, que democratizar es un eufemismo que usan los mediocres políticos españoles cuando quieren decir vulgarizar. Había libre acceso a los fondos, cada uno rebuscaba entre las estanterías y se llevaba a casa lo que le apetecía hasta un número determinado de documentos. Pasa- ban a prestarlos y tenían un plazo para su devolución. La democratización cultural de la biblioteca la transformó de templo del saber en un vulgar centro comercial, solo que mucho más barato. Así la biblioteca se convirtió en una librería ¡gratis!, la fonoteca en una tienda de discos ¡gratis!, la videoteca en un videoclub ¡gratis! Y la hemeroteca en un kiosko ¡gratis! Las auxiliares de biblioteca, que estaban encargadas de prestar y recibir las devoluciones con sus pistolas lectoras de códigos de barras, eran meras cajeras de super- mercado y los ordenanzas, como yo, simples reponedores de mercancías. Al ser todo ¡gratis! No se podían contabilizar los beneficios en dinero, así que se contabilizaban en préstamos realizados.

Nuestra biblioteca siempre estaba entre las tres primeras de España en beneficios, o préstamos. El problema de este tipo de bibliotecas es el espacio. A diario entraban remesas de títulos nuevos y había que hacerles sitio, lo que en ese mundo llamamos expurgo. Se retiraban libros de la vista del público y se guardaban en un depósito, por si algún antojado los pedía. ¿Qué criterio se seguía para estos expurgos? Por supuesto un criterio comercial. Los libros con menos préstamos de cada sección eran exiliados al depósito para dejar sitio a los nuevos títulos. Así, por ejemplo, en Psicología, muchos ejemplares de venerables maestros como Lacan, Jung, Piaget o Laing, se fueron para que sus lugares en las baldas los ocuparan los libros de autoayuda, que en esa época hacían furor, de Osho, Chopra o Marinoff. Más de la mitad de los «Diálogos» de Platón corrieron la misma suerte en Filosofia, así como grandes obras de Schopenhauer, Hume, Hegel o Kierkegaard. La gente no los leía. Cuando a Le Clézio le dieron el premio Nobel de literatura, vergonzosamente no teníamos ni una sola de sus obras expuestas al público, tuvimos que bajar apresuradamente al depósito a buscarlas, cambiarlas el tejuelo y rehabilitarlas. Con esta democratización cultural los productos que más prestábamos eran los cómics y las novelas rosa. Los libros de Danielle ocupaban un cuerpo entero de estanterias, los de Fedor Dostoiesvski no llenaban ni una balda.

El negocio iba viento en popa. Mis compañeros y yo, que pertenecíamos al estatus más bajo del escalafón bibliotecario, nos pasábamos el día colocando, dentro de aquel desbarajuste, como buenamente podíamos el aluvión de libros que devolvían los usuarios. Hasta que llegó internet. Internet ofrecía lo mismo que nosotros, y mucho más, y lo hacía al mismo precio ¡gratis! Con las ventajas de que no había que trasladarse hasta la biblioteca, ni consultar los anodinos catálogos, ni buscar las referencias en las desordenadas estanterías, ni guardar colas para el préstamo, ni para la devolución, no había que estar pendiente de la fecha de vencimiento y no había límite de documentos a prestar. No había más que sentarse cómodamente en casa y dar un par de clics al ratón. A medida que avanzaba la implantación de internet en los hogares vallisoletanos, los beneficios en préstamos de la biblioteca iban cayendo. Y fue muy rápido. En un par de años vimos que no éramos competencia para ese monstruo invasor. Caíamos en picado, entrábamos, por así decirlo, en pérdidas y la institución estaba al borde de la quiebra.

Al director de la biblioteca no se le ocurrían ideas con las que frenar la hemorragia de préstamos, así que fue cesado y sustituido por otro con nuevas ideas. Curiosamente siguió una de las máximas de los antiguos cínicos griegos encabezados por Diógenes, «cambiar la moneda en curso». Si en préstamos ya no somos rentables busquemos una nueva moneda en la que sí lo seamos. Esta moneda fue el número de usuarios que acudían a la biblioteca cada día. No importaba que no se prestasen libros, ni discos ni deuvedés. Lo único que importaba era que fuese gente. Se dispusieron unos contadores electrónicos de personas en la puerta del edificio y se crearon clubes de lectura. Había unos cuantos de novela, otro de poesía y otro de cómics. Se crearon talleres de lectura en voz alta, de escritura creativa, de iniciación a las redes sociales, también había un club de cine y otro de flamenco.

El auditorio, que prácticamente no había sido utilizado en la anterior etapa, se desempolvó y en él se ofertaron proyecciones de cine, obras de teatro, conciertos de música clásica, conferencias y presentaciones de libros, normalmente de escritores que se autoeditaban. La biblioteca no recuperó el esplendor perdido de los préstamos, pero con nueva moneda remontó algo el vuelo y ofreció números que la sacaban de la ruina. Las salas clásicas donde estaban los libros o los audiovisuales estaban casi siempre vacías, pero el auditorio y los clubes y talleres funcionaban de maravilla. Para au- mentar el beneficio se ofertaron también productos para niños, siempre es bueno cuidar la cantera, y se les llenó de cuentacuentos, títeres y juegos. Es decir, la biblioteca que se había trasformado en centro comercial ahora era un puto centro cívico. Y yo de reponedor pasé a ser tramoyista.

Cuando me marché acababan de abrir talleres de ganchillo, encaje de bolillos y punto de cruz y clases de yoga y zumba, y tenían proyectado crear una ludoteca con mesas para jugar al ajedrez, a las damas, al parchís, al do- minó, al tute y al mus. Menos mal que me jubilé antes.

—Parece usted resentido con sus jefes.

—No, no lo estoy, aunque a mi parecer son unos cobardes.

—¿Por qué cobardes?

—Por no atreverse a defender el libro y la biblioteca como valor intrínseco. Entiendo que yo solo soy un ignorante del tema y que ellos tienen sus carreras universitarias, sus estudios de Biblioteconomía, han asistido a congresos, cursos y seminarios y están suscritos a revistas especializadas, por lo que seguro que saben bastante más del asunto que yo. Pero para esos cojones que hubieran ofertado chorizos y salchichones gratis, que también son parte de nuestra cultura, y hubieran tenido mucha más gente. Seguiría llevando el ilustre nombre de Biblioteca, aunque fuese una charcutería, igual que ahora se sigue llamando Biblioteca, pero no es más que un centro cívico de barrio donde los libros están como recuerdo y excusa, nada más. Quizás solo quizás, la imagen que usted tenía de las bibliotecas estuviese demasiado idealizada. Su biblioteca ideal es como una mujer ideal, una mujer con clase, con tanta clase que no necesita cambiar para estar siempre perfecta, una auténtica lady, y quizás, solo quizás, las bibliotecas públicas sean como las mujeres públicas, necesitan adaptarse a las cambiantes circunstancias que traen los nuevos tiempos, y si se tienen que depilar el coño se lo depilan, y si se tienen que poner silicona en las tetas pues se lo ponen, la cuestión es sobrevivir.

—Quizás, solo quizás, lleve usted razón.

El misterio del hombre que follaba bien de Juan Daza

Situación actual de las bibliotecas

La verdad es que cuando lo leí me sentí bastante identificada con el bibliotecario, aunque sin la carga sentimental que le supuso a él. En lo que se conviertan en el futuro las bibliotecas no es algo que me preocupe, no por ello voy a dejar de leer. Entiendo los motivos por los que cada vez las visitan menos lectores, por mucho que nos quieran engañar los políticos con los recuentos de visitas a sus instalaciones. Ya no se cuentan préstamos, como bien dice el personaje de la novela, sino solo usuarios que entran y que pueden ir a leer el periódico o a saludar a su amigo que trabaja como bibliotecario.

Se ha hecho una encuesta para saber por qué cada vez van menos lectores a las bibiotecas: 7 de cada 10 personas afirma no haber ido a la biblioteca en el último año. Dato preocupante, más teniendo en cuenta que la mayoría de las bibliotecas están abiertas para todos los públicos. Pero… ¿cuáles son realmente los motivos por los que dichas personas no han ido a la biblioteca? ¿Pueden hacer algo las bibliotecas para que esto cambie?

  1. No tengo tiempo.
  2. No me interesa, no tengo costumbre de ir a la biblioteca.
  3. Consigo los libros por otros medios.
  4. Prefiero leer o estudiar en casa.
  5. Motivos de salud, estoy enfermo.
  6. No hay bibliotecas donde vivo.
  7. No encuentro los libros que me interesan en las bibliotecas. .
  8. No conozco ninguna. No sé dónde están.
  9. El horario no me conviene, me viene mal.
  10. No tienen buen servicio, hay malas instalaciones.

Donde más éxito de usuario vemos que tienen son en sus salas de estudio. Allí suele haber complicaciones a la hora de que todos los estudiantes quepan en ellas y al final se tienen que ampliar en otros edificios creando espacios multiusos. Y de eso doy fe porque lo he vivido durante el tiempo que trabaje como bibliotecaria.

¿Cuál es tu opinión?

Esta vez te dejo la cuestión en el aire para que seas tú quién saque conclusiones y analices en que postura te encuentras. Entiendo que la situación es compleja. Vivimos en un mundo de inmediatez, donde lo digital gana a lo analógico. España en el tema de la inversión cultural ni está ni se la espera. Las bibliotecas muchas veces mal viven y consiguen novedades gracias a las donaciones, ya que sus las partidas de presupuestos son excasas y hay que calibrar muy bien cuales son las novelas que se quieren adquirir para completar los fondos. Las novelas clásicas, si se leen, se puede hacer de forma digital. Muchas de ellas estan de libre disposición, e incluso en las CCAA hay la opción de una préstamo digital al que se accede si tienes el carnet de la biblioteca municipal de tu localidad. Así es normal que los usuarios no vayan a la biblioteca a buscar libros y estos edificios se hayan tenido que reciclar como espacios multiusos. ¿Se convertirán a la larga las bibliotecas en museos? Ahí te dejo la cuestión para que saques tus conclusiones.

Ahora te voy a hablar sobre la novela de esta semana que me la recomendaron no tanto por la trama sino por la técnica de ejecución.

El mejor thriller literario del año según The Guardian.

«Tan dolorosamente humana que es imposible olvidarla.»
Crime Monthly

Duchess Day Radley es una joven de trece años que se autoproclama «proscrita». Las normas son para otra gente. Ella es la fiera protectora de su hermano de cinco años, Robin, y la figura adulta para Star, su madre soltera, incapaz de cuidar de sí misma y mucho menos de sus dos hijos.

Walk es ahora el jefe de policía local, pero sigue intentando sanar la vieja herida de haber sido el testigo que tres décadas atrás mandó a prisión a su mejor amigo, Vincent King, que se dispone a salir de la cárcel. Y Duchess y Walk deben afrontar el problema que supondrá su vuelta.

La trama de esta novela es interesante y el autor tiene la habilidad de llevarte por dónde quiere sin que veas la línea del horizonte. Nos pone a cuatro posibles asesinos y en dos giros finales te lo resuelve de forma magistral sin que te lo hayas visto venir. Pero lo que destacaría y por lo que me la han recomendado, es por su ambientación. Las localizaciones son un personaje más que incide en le caracter de los actores. Incluso, el escenario casi se acaba comiendo a la historia. Hay asesinato, posibles asesinos e investigación, pero todo queda diluido tras esta presencia que a veces los escritores no le damos importancia y es la clave de muchas historias. Eso ayuda al autor a que estés tan pendiente de esa atmósfera que oprime a la historia que cuando esta se resuelve te sorprendes. En este caso, da igual que en un primer momento sea un pueblo de la costa y más tarde en un rancho, el autor prima esos escenarios porque sin ellos los personajes posiblemente no existirían. Por supuesto, esto tiene un inconveniente, a veces la lectura se hace lenta y no es porque haya un exceso de descripciones, de esas a las que estamos muchos acostumbrados que detallan aspectos insignificantes e innecearios en la trama. Aquí todo tiene su razón de ser y es el hilo que te lleva hasta el final de la historia, algo habitual en la narrativa estadounidense de novela negra y thriller: una potente ambientación.

Un tema interesante, según ciertos sectores críticos, es que con el auge de la novela negra y el thriller se está teniendo muy poco cuidado a la hora de escribir y elaborar tramas. Se hace hincapié en que la mayoría de las novelas de este género son costumbristas, con un investigador traumatizado que habla de sus penas. Algo que aquí no ocurre y por eso hace de esta obra una lectura recomendada por su originalidad dentro de lo que se pueblica en la actualidad.

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