Mis relatos

En una Navidad polarizada recuerda: nos necesitamos todos.

Un regalo con inspiración navideña

Hoy me apetece hacerte un regalo en forma de relato. No es el que muchos lectores esperan en esta época, pero sí tiene ese aire o espíritu que yo le busco a la Navidad. Lo escribí y presenté hace poco como trabajo final para el curso de escritura creativa superior “Yo quiero escribir”, dirigido por Carmen Posadas y su hermano Gervasio. Te dejo el enlace por si te apetece echarle un ojo y ya en otro momento te contaré que me ha supuesto la experiencia.

Seguramente pensarás que a santo de qué viene ese título una vez que leas el relato. Por un lado, me gustó y, por otro, que dice una verdad como un templo. A la hora de la verdad viene a ser como el refrán de más vale buen vecino que pariente ni primo. En este mundo todavía se debería poder compartir mesa con un desconocido, más de una vez lo he hecho, y dejarnos de polarizaciones, porque divide y vencerás (soy muy refranera por herencia paterna). No me enrollo más y paso directamente a mi cálida aportación a estos días festivos. Espero que te guste y estaré atenta a tus comentarios.

¡Feliz Navidad!

Simanim

Tal era la forma de jarrear que los dos jóvenes atravesaron de sopetón la puerta de la cafetería. Ella le precedió y su primera sensación fue la añoranza que le aportó el aroma a café y almendras tostadas. Cuando pudo recomponerse un poco aprovechó para recorrer con la vista el local. Estaba todo lleno, por lo que al cruzar su mirada con el hombre le hizo un gesto para que compartieran mesa. El rostro de él se abrió en una sonrisa de agradecimiento.

Linet miró sorprendida a su entorno. ¡Era tan vintage! Le gustaba ese tipo de decoración de madera antigua que añadía calidez y seguridad, pero sobre todo era el olor que impregnaba el ambiente y que le traía imágenes de la cocina de su abuela los días antes de Navidad. Por la cara de sorpresa de él dedujo que posiblemente pensaba lo mismo.

―Gracias. Me llamo Jaime. ―El chico le tendió su mano helada al sentarse pesadamente. Ella se la estrechó tras quitarse los guantes y dejarlos al lado del servilletero―. El tiempo se presenta tan malo que no tenemos ni cobertura. ¡Nada, paciencia!, a ver si pasa la tormenta.

―Está tan lleno que es lo menos que podía hacer. Nunca había recorrido esta zona y, con la que estaba cayendo, he entrado en el primer lugar que he visto.

―Entonces te ha ocurrido como a mí. Hace pocos meses que me he mudado. Me ha cogido la tromba buscando una ferretería.

Su conversación quedó interrumpida por la llegada de una señora entrada en años, en la que Linet ya se había fijado cuando echó el primer vistazo a la cafetería. Estaba pesando algo en una báscula que debía de tener cerca de los cien años. Ahora que la veía más de cerca, le hicieron gracia los manguitos que cubrían la blusa de encaje y que hacían juego con el mandil, empolvado con lo que supuso harina o azúcar glas.

Pidieron dos cafés con leche y ella les recomendó algunos de los dulces de la casa, que tenían unos nombres que les resultaron desconocidos y de los que solo reconocieron el baklava. Los había tan sonoros como las orejas de Hamán, el briwat de frutos secos o los travadicos. Decidieron compartir media docena de los que más les llamaron la atención. La mujer le pasó el encargo a un hombre con un delantal similar y rondando la misma edad que ella, que la ayudaba moviéndose con soltura entre la decena de mesas.

Ante las preguntas sobre el origen de los dulces, Rebeca, que así se presentó, les contó que todos pertenecían a su cultura. Les explicó que durante la Gran Guerra habían huido de Esmirna y que lo único que habían podido salvar fueron las recetas. Junto a su marido, Malek, pudieron salir adelante levantando aquel negocio. Cuando la dicharachera mujer los dejó para atender a otra pareja, Linet y Jaime retomaron su conversación.

Descubrieron que ambos eran un poco como los dueños de Simanim, que así se llamaba la cafetería: venían de otros lugares y llevaban poco tiempo en la ciudad. Linet acababa de llegar de Gales, para ser profesora de inglés. En cambio, Jaime se había mudado un par meses atrás, como encargado de una tienda de telefonía en la calle Mayor. Venía de Murcia.

Él se asombró de su buen castellano y Linet le contó que se había criado en España y, gracias a ser bilingüe, le había salido este contrato. Ser hija de profesores y extranjeros le había impedido arraigarse en ningún sitio y apenas sí tenía trato con gente. Jaime afirmó estar en una situación parecida, pero por falta de tiempo. Desde que llegó, tuvo que organizar la tienda y ahora trataba de asentarse definitivamente y conocer un poco más esta ciudad y a su gente.

Según iban saboreando los dulces, Linet se percató de que se encontraba a gusto con él y en aquel lugar. Ella, que era de naturaleza introvertida, hablaba ahora con total naturalidad de temas que, si bien no eran personales, tampoco tenía costumbre de comentar con desconocidos. Lo hizo de sus gustos, de su interés por dedicarse a la traducción de libros, porque era una ávida lectora y, sobre todo, de visitar los alrededores. Él le confesó que tenía abandonada la lectura, hábito que se planteaba retomar, y que también le llamaba eso de visitar lugares nuevos. Pastelillo a pastelillo, los dos empezaron, incluso, a hacer planes en común sin apenas darse cuenta.

Rebeca los observaba desde el mostrador mientras Malek pasaba su mirada de la pareja a su mujer entre pausa y pausa de colocar los botes de ingredientes. Los acomodaba en los huecos de la estantería de madera que cubría toda la pared a sus espaldas. Cada espacio estaba trabajado con mimo y asemejaba las pequeñas ventanas árabes que le recordaban a las de las casas de su niñez.

―Deja de ejercer de khattaba ―susurro leyéndole el pensamiento a su bendita esposa. Ella sabía que era un comentario jocoso por el tono y su sonrisa.

―Te recuerdo que en mi cultura sería shadchen y no es algo premeditado. Sin embargo, me da la sensación de que están muy solos y pueden hacerse amigos. Nuestros pastelitos obran milagros. Luego ya, el tiempo dirá en qué quedan ―le respondió Rebeca. Con todo, si ella podía, les daría un empujoncito…

La mujer siguió discreta las expresiones corporales de la pareja desde el mostrador. Sentía que la conversación entre los dos era mucho más relajada que cuando llegaron. Siempre había pensado que un café intenso, sus dulces y un espacio tranquilo era lo único necesario para que las personas se comunicaran entre ellas. Cierto que tenía un poco de shadchen, si bien nunca había necesitado a ninguna para conocer a Malek. Pese a pertenecer a dos culturas con una frontera bien definida, lo convulso de aquellos años y la huida juntos facilitó que pudieran franquear esa línea invisible entre árabes y judíos.

Linet escuchaba atentamente a Jaime y de vez en cuando miraba por la ventana.  La lluvia seguía cayendo con intensidad. Hacía tiempo que no pasaba nadie. En cuanto escampara aprovecharían para abandonar el lugar. Los dos pensaban llevarse por lo menos otra media docena de aquellos estupendos dulces que los habían acompañado en ese rato de conversación en el que el reloj parecía no avanzar. Por fin, el mal tiempo dio tregua y decidieron acercarse para pagar la cuenta y hacer cada uno su pedido.

Rebeca se alegró de que les hubiera gustado tanto su repostería que se animaran a comprar algunos para casa. Mientras se los envolvían, Jaime le preguntó si tenían Facebook o Instagram para etiquetarlos cuando los recomendara en sus redes.

―¡Oh!, de esas cosas modernas no tenemos conocimiento ―les respondió el marido.

 ―¿Qué significa Simanim? ―terció la chica en la conversación al ver el logotipo impreso en la etiqueta. Esta vez le respondió la mujer.

―En mi cultura se usa para denominar aquello que tiene un significado simbólico y cuya forma nos lo recuerda. Esas pastitas que en el centro tienen mermelada nosotros las llamamos Orejas de Hamán y nos recuerdan a un enemigo que en un pasado remoto vencimos. Tranquila, creo que no le cortaron las orejas ―finalizó la historia con una risa cantarina ante la cara de sorpresa de Linet.

Como ya no llovía, Jaime se ofreció acompañarla durante un trecho en dirección a su casa. Al llegar al portal, la chica se percató de que se había dejado los guantes de lana en el mostrador al ir a pagar. Ya se pasaría para recogerlos. Jaime le sugirió que, si le apetecía, podrían ir juntos y repetir la estupenda velada, a lo que la chica aceptó porque había sido un rato que no le importaba revivir. Se intercambiaron los teléfonos, aunque ya quedaron en la puerta de la cafetería, dos días más tarde a la misma hora.

Llegaron a la vez y, entre risas, entraron, avanzando hacia el lugar dónde suponía que había dejado sus guantes para preguntar por ellos. Cuando levantaron la vista se quedaron quietos y sorprendidos: ¡el lugar era una librería! Había detalles similares, como las baldas que antes estaba llena de botes a los que, ahora, sustituían libros. A lo largo del mostrador, donde se encontraban las campanas de cristal con los pasteles, se veían libretas, cuadernos, lápices y agendas. Hablaban de salir a la calle para confirmar que se habían equivocado de local cuando un hombre de unos 50 años surgió de la trastienda con una jarra y una taza idénticas a aquellas en las que les habían servido sus cafés dos días atrás.

―Bienvenidos a la librería y papelería Simanim. ¿Qué necesitan? Si quieren un café mientras les atiendo no tienen más que decirlo y saco otro par de tazas y unos pastelitos.

Al recorrer la vista por tablero de madera pulido, Linet se encontró sus guantes al lado de una pila de libros de fantasía.

―Estos guantes… son míos ―dijo la chica con la voz temblorosa.

―¡Estupendo! Me alegro de que haya recordado dónde los había olvidado. Los encontré mientras colocaba los libros que habían llegado para la campaña de Navidad.

―Pero… Yo estoy segura de que dejé mis guantes olvidados en una cafetería en la que me atendieron dos encantadores señores ya mayores.

―Pues no sé qué decirle. Es cierto que aquí se ubicó una pastelería hace muchos años. La regentaban mis abuelos. Tras eso, mi padre, que no sabía nada de repostería, la transformó en lo que ven, aunque dejó muchos detalles que había hecho el abuelo, como esta librería que está detrás de mí. Lo mismo habrá oído a alguien hablar del establecimiento.

Linet recogió sus guantes y un aroma a canela, almendra y cardamomo inundó su nariz. Sin hacer referencia a ello, los guardó en el bolso. Volvió a recorrer el local con la mirada y pudo ver en una esquina, fuera de lugar, aquella báscula antigua.

―Seguramente habrá sido eso, sí ―le respondió al amable librero mientras miraba a Jaime con ternura.

―No es posible. ¿Cómo iba a olvidarlo? Si fue aquí donde Linet y yo nos conocimos.

―No sé qué decirle. Lo cierto es que mi abuela tenía fama de casamentera ―continuó ante su cara de desilusión―, también mi padre me contó que los clientes, cuando traspasaban sus puertas, se sentían tan acogidos que el tiempo transcurría sin apenas darse cuenta y siempre estaba lleno.

Linet y Jaime se despidieron del librero. Tras un rato de silencio, tratando seguramente de digerir lo que habían vivido, el chico puso voz a sus pensamientos.

―Me comí el último dulce ayer mismo, en la sobremesa, con el café. Ese que llamó la Oreja de Hamán. Pero si se lo digo ―señaló con la cabeza el local― nos iba a tomar por locos.

 ―Desde que entré me sentí como en otro mundo. Todo era tan pausado y tan propicio para conversar ―añadió ella―. Pero no me explico cómo ha podido ocurrir, aunque tampoco parecía muy sorprendido. Me da la impresión de que para él era normal que hubiéramos visto a sus abuelos y que Rebeca se dedicara a propiciar los encuentros entre desconocidos. O incluso lo que tú dices, que somos un poco atolondrados. ―Pues no sé dónde darle las gracias, porque creo que de nuevo ha hecho un gran trabajo ―respondió Jaime mientras le anudaba la bufanda a Linet, sin apartar sus labios de los de ella.

N. de A. Mi agradecimiento a Pepa, dueña del Hotel Las Cortes de Cádiz, por su acogida. Todos los años suelo hacerme alguna foto de promoción navideña en su maravilloso entorno y este año no podíamos faltar. Gracias.

Mis relatos

Operación Paraíso

Capítulo 1

Como todos los primeros días que fue al instituto, Daniel pedalea nervioso hacia el apeadero. Sonríe, a pesar de la tensión, recordando la eterna cantinela de su madre: «¿Lo llevas todo?», «Come algo a media mañana, que eres muy despistado, te olvidas y luego te dan mareos» o «Ten cuidado, que los coches…».

La verdad es que tenía razón. No iba a reconocerlo en voz alta, ¡lo que le faltaba!; sin embargo, es innegable que tenía razón. Tampoco se lo iba a demostrar demasiado a menudo, que enseguida se entusiasmaba y daban comienzo las caricias o los besuqueos y él ya es demasiado mayor para tanta intensidad.

En el fondo sabe que la quiere.

El tren llega ―¡cómo no!― con retraso. Es normal. Comprueba en la aplicación los cambios de horario. Siempre que ha tenido que salir de su barrio ha cogido el anterior al que necesitaría, porque el «por si acaso» suele transformarse en «¡menos mal!».

Es mayor que la chavalería que lo rodea; pero está acostumbrado. El gesto se le ensombrece de golpe al recordar los años tras la muerte de su padre. Fueron tiempos duros para su madre, que se quedó solo con las pensiones de orfandad de los tres niños. Le dijeron que era joven y aún podía ponerse a trabajar, como si llevar una casa con cinco bocas no hubiese sido trabajar. Encima, no quisieron reconocer el accidente laboral. Las pasaron canutas hasta que salió el juicio. Los abogados no se pagan solos y los ahorros de una vida de partirse el lomo, además de impedir la justicia gratuita, volaron deprisa.

Después, tampoco mejoró.

Su madre encontró trabajo. Fregar casas ajenas la envejeció demasiado pronto. Continuó siendo amable y cariñosa, aunque a Daniel se le rompía el alma al escucharla llorar por las noches. Maduró de golpe y trató de que sus hermanos, más pequeños que él, se acostumbraran al menos a no pedir.

Nada más cumplir los dieciséis fue la primera vez en su vida que le llevó la contraria, su primera discusión seria. Sin encomendarse a Dios ni al diablo, se apuntó a una ETT y acabó de auxiliar de servicios en una empresa de seguridad. Todos los festivos y fines de semana echaba doce horas en una fábrica, relevando al vigilante nocturno.

Nunca se ha arrepentido. Le prometió a su madre que trabajar no le iba a impedir acabar sus estudios. De hecho, en la fábrica no tenía nada mejor que hacer que estudiar. Sí que lo retrasó un poco y perdió un año, pero nada lo enorgullecía más que entregarle su sueldo cada primero de mes. Ver que sus hermanos podían estrenar ropa de vez en cuando, que las mochilas no eran heredadas, que comprar el material escolar no era a costa de la comida le bastaba como gratificación, lo hacía sentirse útil.

Y aquí está, otra vez, empezando de nuevo. El uno de octubre. Una fecha para recordar. Con su bandolera y la bici, rodeado de chavales y camino del insti. Mira su móvil y la aplicación le confirma la locución que suena por megafonía: «Próximo a efectuar su salida cercanías con destino Cádiz, vía dos». Que aún no haya llegado siquiera, como siempre, lo obliga a cabecear mientras sonríe. Le agrada sentir alrededor ese aire de confianza que nos proporciona lo cotidiano.

Espera ante el barullo que se forma cuando se detiene el convoy. Nada que ver con Japón, por supuesto. Un desdibujado pasillo para que bajen algunos pasajeros y risas, quejas, prisas y empujones para hacerse con algún asiento. Él se queda junto a la puerta cerrada, abrazado a una barra y sujetando el sillín.

Escondido de la algarabía en los cascos, prefiere observar a escuchar. Sabe de sobra que se pierde conversaciones jugosas. Los dramas adolescentes, los historiales médicos de los más ancianos y algún divorcio, propio o cercano, suelen salsear estos viajes a poco que uno haga oreja. Bueno, y sin hacerla. Los de la Local se forrarían con el medidor de decibelios.

Él, sin embargo, prefiere poder imaginar. Observa gestos, actitudes, rostros o posturas a los que trata de dar un significado, de crearles un contexto. Sabe que será difícil que acierte, que la realidad confirme sus suposiciones; pero ¡es tan prosaica! Lector empedernido, seguramente herencia de sus horas de soledad en el polígono, juega a descubrir fantásticas aventuras detrás de cada grupo, de cada rostro, de cada gesto. Y, desde el silencio que le proporciona Imagine Dragons, esmucho más probable que encuentre un Alatriste o una Darby Hart.

El paso del vigilante de seguridad reconstruye el sistema planetario del interior del vagón. Pies que descienden de asientos o bultos que saltan a los regazos permiten despejar el bosque. Cuando los muchachos se reordenan, entre los claros, se abre una nueva línea de visión.

Y ahí está. Como en esos retratos románticos, con su melena rojiza a la altura de los hombros brillando a contraluz, el rostro aniñado, la nariz respingona, la boca pequeña y carnosa pintada de oscuro, los huesos finos y un aire de melancolía en la mirada. El jersey de punto y la mochila de piel hablan de alguien que cuida su estilo; la chupa de cuero y el mechón azulado, de alguien segura de sí misma.

Algo en ella lo atrae. Procura parecer discreto, aunque no le quita ojo. Ella no debe percibirlo ―otras veces enseguida han girado hacia él el rostro, como si la mirada transmitiese una energía y rastreasen su origen― y se mantiene en su mundo, ajena a todos y a todo. Dani recuerda lo importante que parece todo a esas edades, el drama constante, el estímulo continuo, la ansiedad, la prisa. Cualquier cosa resulta imprescindible, impactante, urgente, estresante. Lo tuyo, claro, pues descubres que los demás, los que no son de tu grupo, ni te entienden ni les importa. Así que, lo más seguro, es que ande dándole vueltas a cualquier tontería, básico en su vida en cualquier caso.

La memoria se apodera del instante y lo envía para atrás, a 2015, cuando se colgó de aquella chavala con una camiseta de Taylor Momsen desnuda de espaldas y con una cruz tatuada sobre su columna apuntando a su culo que decía que todo se va al infierno. Las botas militares, las medias rotas y las mallas elásticas contribuían, junto a una piel pálida y un maquillaje muy oscuro, a un tono gótico que solo el tinte de su desordenado pelo corto rompía. La de Evanescence había elegido el negro ala de cuervo y la de The Pretty Reckless el blanco. Ella, Rocío se llamaba la chica, siempre haciendo gala de criterio propio, un anaranjado brillante con un mechón azul metálico.

Era, como el nombre del grupo, bastante inquietante. Contestataria y rebelde, sus notas, por otra parte, hacían que pudiera permitírselo. Provocadora y extrovertida, daba miedo a muchos chicos. Lograba ponerlos nerviosos y ya se sabe cómo son los adolescentes. Tuvo más de una pelea en el patio y alguno conservará aún el imborrable recuerdo de sus uñas en la piel. Llegar nueva al instituto para el bachillerato, su look y su autosuficiencia no eran buenas cartas de presentación. Tampoco las llamadas al despacho del jefe de estudios y sus consiguientes expulsiones.

Eso la hacía menos accesible, en ninguna forma menos atractiva.

Dani había optado por Humanidades y Rocío iba por Ciencias, así que tenía que conformarse con los ratos fuera de clase y la única troncal que compartían. Tampoco se atrevió jamás a decirle nada con la excusa, tan válida como cualquier otra cuando uno la siente necesaria, de que tampoco tenía tiempo libre para quedar con ella. La estación de San Severiano lo saca de su ensimismamiento y, ¡oh sorpresa!, la chica ya no está.

La leve melancolía que le ha despertado el recuerdo se diluye en el barullo de empujones por salir y las carreras hacia los tornos. Espera, como siempre, a que se despeje la puerta para poder descender con la bici.

La ve por el andén: mechón azul en cama naranja sobre cazadora negra, el paso decidido e insinuante en unos vaqueros ajustados y unas botas militares. Un ramalazo de deseo llena el cerebro de Dani, hoy como entonces. Hay cosas que la madurez, así sea temprana, no cambiará nunca.

«¡Hostia, qué buena que está!».

Sacude la cabeza convencido de que es culpa del recuerdo, de la coincidencia en el pelo. Se recrimina ambas reacciones, tanto la mental como la física. Está seguro de que ha sido demasiado obvia. Se promete a sí mismo no girarse si la alcanza. Aún es joven, pero debe controlarse y tener en cuenta la insalvable distancia que siempre ha de separar al docente de la alumna.

Porque hoy es su primer día como profesor de Lengua Castellana y Literatura en el IES Arnáiz.

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Mis relatos

Aterrizaje en Arkoi: La hechicera.

Acabé de tomar el desayuno que me habían traído a primera hora de la mañana y estaba preparado para lo que el día me deparara, cuando oí los toques en la puerta. Antes de contestar entró una mujer joven con una agradable sonrisa en su rostro, enmarcado por el pelo que llevaba recogido en una larga trenza y colocada a un lado del pecho. Iba vestida con una larga túnica como era costumbre entre los habitantes de Mormuk.

—Espero que hayas descansado. Mi nombre es Aliara —comentó amablemente. Aunque percibí en ella un toque de seguridad que me confirmaba que no era una simple mensajera y que su juventud no implicaba que fuera una mera alumna.

En cuanto la tuve delante, cerré mi mente. No me apetecía que supiera de mis sensaciones y pensamiento, tras la visita de esa noche, ya que no estaba muy seguro de quién podía en ese lugar leer la mente y quién no. Solo sabrían lo que yo les permitiera aunque tampoco quería levantar sospechas de que yo mismo tenía unas capacidades que iban más allá de lo habitual en los humanos.

—Sí. Ha sido tan reparadora como la cena con Soloya. Es muy agradable la hospitalidad con la que me habéis acogido. —Sonreí también con agrado. No tenía motivos para no hacerlo una vez pasadas las primeras horas en las que solía mantenerme más pendiente de mi entorno que de ser educado, pese a eso, no bajé la guardia—, lo que sí me gustaría es, si es posible, conocer algo más de vuestra cultura antes de continuar la mañana.

—Aprovecharemos que te voy a enseñar un poco dónde estás y durante el recorrido te iré contando algunos detalles de nuestra modo de vida, nuestro trabajo como sanadoras y la razón de ser de esta ciudad —tras sus palabras me indicó con un gesto que la siguiera hacia el exterior de mi estancia.

Iniciamos un nuevo recorrido por pasillos que estaban llenos de puertas cerradas y que imaginé que serían otros dormitorios para invitados. Lo hicimos en dirección contraria a lo andado horas antes al llevarme a mi alojamiento. Bajamos por unas escaleras parecidas a las que habíamos usado la noche anterior y llegamos a una galería que rodeaba un espacio muy iluminado. Mi vista se dirigió hacia el techo y allí encontré una superficie acristalada que permitía el paso de la luz, miré hacia abajo desde el balcón más próximo y me sorprendí al ver que estaba dentro de una gran biblioteca. Todas las paredes de la planta baja estaban cubiertas de anaqueles donde había, según pude percibir, libros y pergaminos enrollados. En el centro, grupos de lo que supuse que eran estudiantes sentados formando equipos de trabajo, aunque algunos también estaban solos con sus mesas repletas de libros.

—Esta es la biblioteca de los estudiantes. Hay otra para los maestros y estudiantes autorizados en otra zona a la que ahora te llevaré, porque seguro que te resultará más interesante. Hemos hecho esa división no por censura, si no por evitar problemas entre aquellos alumnos que son más curiosos de la cuenta o están más capacitados y que podían poner su vida en peligro por exceso de interés, haciendo prácticas con formulas y hechizos para los que, en realidad, no están preparados.

Dimos la vuelta a la galería para salir por otra puerta y dirigirnos por un pasillo hacia una gran arcada que daba paso a otra galería, desde la que también miré hacia abajo y donde pude ver un espacio similar al anterior, aunque las mesas estaban ocupadas por hombres y mujeres de más edad que en la sala que habíamos abandonado. Aliara me señaló una escalera de caracol que comunicaba la planta donde estábamos con la sala de estudios y nos encaminamos hacia ella para bajar hasta la biblioteca. Algunas cabezas se levantaron cuando oyeron nuestros pasos pero pronto dejamos de ser el centro de su atención. Debía ser normal el continuo ir y venir de personas buscando información. Cuando estuve cerca de una de las estantería hice amago de ir a coger un libro pero cuando lo toqué me quedé sorprendido. Era como si hubiera tocado la pared lisa con la imagen de un libro en tres dimensiones, puesto de pie en una estantería. Incluso su tacto era frío pero suave. Miré a mi acompañante y pude en su cara leer una expresión de satisfacción.

—Los libros están protegidos por un hechizo, puedes verlos pero no sacarlos y consultarlos si no conoces el hechizo que evita que sean leídos por ojos inadecuados. Si estás autorizado a estar aquí, se te entrega el libro después de conjurar la magia que lo protege, para que lo puedas leer. Y si necesitas alguno más siempre está el guardián de la biblioteca que te lo facilita sin problema. Mira —Aliara tocó con suavidad el lomo del libro y tras parecer que iba a desaparecer de la vista, se volvió más nítida su imagen y se movió un poco en su posición, facilitando que la mujer lo cogiera para entregármelo.

—Una forma muy interesante de mantenerlos alejados de las malas artes —comenté mientras abría el pesado libro y ojeaba un poco sus páginas —¿Dejáis que alguien se lleve estos libros en préstamo? —pregunté curioso.

—No, nunca salen de aquí. Pero hay opciones. Puede copiarse y el que lo consulta llevarse una copia para su biblioteca personal o para la de su ciudad a cambio de que traiga un libro que nosotros no tengamos, aunque sea una copia también, como una especie de intercambio, o podemos hacer con magia una copia de la parte que le interesa si es por una urgencia y llevársela. Cuando haga uso de ella o la copie en su biblioteca, la que se ha llevado desaparece. No nos importa que el conocimiento se reparta por el mundo, pero tenemos que saber que cae en buenas manos y no en manos que sirvan para hacer el mal, aunque no siempre eso lo podemos evitar.

Seguimos la visita por otras estancias, tras colocar el libro en su sitio. Pude ver salas donde los alumnos aprendían con sus maestros y luego todo aquello que hacía posible la vida en el palacio. Sus cocinas, lavandería, baños, herrería, cuadras, donde vi que tenían unos curiosos animales como monturas llamados mogules Visitamos también la zona donde estaban los sanadores y sanadoras con más experiencia y que estaban desarrollando sus artes y ampliando conocimientos para, como me contó Noriah cuando llegamos el día anterior, luego explicarlo a sus alumnos. Escruté con interés mi entorno a ver si la veía pero aunque una de las veces sentí una presencia, que creí reconocer, al darme la vuelta para mirar vi que no había nadie, pero sabía que alguien había estado observándome. Algunos de los que estaban allí se acercaron para saber de mi visita y quisieron conocer el alcance de mis conocimientos, porque ya había corrido la voz de dónde veníamos y quienes éramos. No tuve reparo en hacerles referencias pero de aquellas cosas que me estaba permitido contar. Tenía prohibido mostrar por vanidad mis conocimientos, solo podía usarlos en defensa propia o en defensa de otros, nunca por presumir de ellos, si lo hacía podía acabar perdiéndolos o algo peor, convirtiéndome en un esclavo del mal al servicio de mis propios intereses, nuestras capacidades biomecánicas era algo de lo que no solíamos mencionar ni desarrollar ante desconocidos.

Aliara me dejó a mi albedrío el resto del día hasta la noche y me informó de que podría comer en mis habitaciones o en el comedor donde me juntaría con otros viajeros. Ya por la tarde, podría recorrer los jardines que rodeaban el palacio donde había muchas plantas medicinales que eran usadas muy a menudo y al caer la noche me recogería en mi habitación para llevarme a cenar como la noche anterior con Soloya que, posiblemente, ya me informaría de cuál sería mi misión en realidad y que ayuda recibiría por parte de los arkoianos. A la hora de la comida opté por ir a conocer a otros visitantes que así me podrían dar noticias sobre la situación en otras ciudades del planeta. Seguramente no me haría falta usar mi don, porque sabía que entre viajeros, una buena comida con un buen vino aligeraría la lengua de muchos. Yo solo tendría que confirmar que lo que salía por su boca era lo que guardaban en su mente, a fin de cuentas es lo que también habían hecho conmigo. Así pude saber que la historia, de la extraña enfermedad que asolaba a algunas ciudades del planeta y que me había contado Solaya, era cierta.

Con la barriga llena, la cabeza un poco ligera por el vino y mucha curiosidad por ver los jardines del palacio, me dirigí hacia el exterior a paso ligero. No era el único que había tenido esa idea y a lo largo de los caminos bien cuidados me encontré grupos de personas paseando y charlando así como a alumnos y visitantes sentados en bancos con libros entre las manos y animadas discusiones. Me alejé un poco dejando que mis pasos me llevaran hacia lo que intuí como un claro y en el que se abrió un pequeño estanque rodeado de parterres y pequeños árboles. Me apoyé en un tronco y miré al cielo azul agradeciendo el calor que mi cuerpo recibía de los rayos del sol al atardecer. Llevaba un rato en esa postura cuando me sobresalté y no fue porque sintiera ninguna amenaza sino porque a la orilla del estanque, que tenía a pocos metros de mí, surgió de la nada una neblina y, en su interior, una forma humana comenzó a formarse. Sabía que era ella, la misma mujer que me visitó esa noche, desde el momento que vi la niebla. Por fin pude verla con claridad y de cuerpo entero y esta vez, aunque llevaba igualmente el rostro tapado, la capucha la tenía retirada de su cara y pude ver la larga melena que lo enmarcaba y le caía hasta debajo del pecho. Llevaba una larga túnica que no permitía ver sus pies y cuyas mangas solo dejaban ver sus dedos. Sabía que esta vez no era una visión porque al avanzar oí el sonido de sus pasos por la grava que cubría el suelo alrededor del estanque. Aunque dejé de apoyarme en el tronco ella volvió a paralizarme y cuando llegó a mi altura me fue imposible moverme, solo pude inclinar un poco mi cabeza para ver sus ojos. Ella alargó su mano y cuando iba a protestar por haberme paralizado, uno de sus dedos se posó en mis labios indicándome que me mantuviera en silencio, o por lo menos eso interpreté con su gesto. Tras eso, colocó en cada una de mis sienes la punta de sus dedos y cerró sus ojos. Sentí un ligero vértigo y como mi mente se abría sin poder evitarlo a su llamada, quise impedirlo, pero no pude, no me podía cerrar a su poder y era totalmente vulnerable a su lectura. Durante una eternidad mi vida pasó como una ráfaga por mi memoria y, aunque no me sentí mal por ello, sí tuve una sensación de desnudez que me angustió. Nunca nadie había podido saber tanto de mí en tan poco tiempo. Pasé de la angustia a la rabia, había violado mi intimidad. Usé toda la fuerza de mi poder mental y logré moverme, con lo que sujeté sus muñecas apartando sus manos de mis sienes. En ese momento volví a sentir el choque de energía y la mujer desapareció dejándome vacío y agotado. Cuando me recuperé vi que ya era hora de acudir a mi cita con el Soloya y que tal vez me diera explicaciones de que estaba ocurriendo y, si no lo hacía, yo se las iba a pedir.

No tuve problema, pese a la ligera desorientación que sentía, en llegar a mi habitación y al poco Aliara se presentó porque ya era la hora de reunirme a cenar con Soloya. Me encontraba todavía un poco débil por la experiencia que había sufrido pero hice el esfuerzo de aparentar que estaba bien, y en calma, y la seguí de nuevo por los pasillos, pero esta vez en silencio. Estaba nervioso porque ese nuevo encuentro en el lago, no me había gustado nada. Nunca nadie había podido hacer lo que ella había hecho, entrando de esa forma en mi mente y me había enfurecido. Lo estaba conmigo por no haberlo podido evitar y con ella por haberlo hecho. Y quería explicaciones. Esta vez cuando entré mi acompañante me llevó directamente al comedor en el que cenamos la noche anterior donde ya tenía hasta la copa de vino servida esperándome. Tuve la tentación de bebérmela de un trago porque tenía la boca seca y sentía un temblor en mis manos.

—Siéntate y charlamos. Y te doy las explicaciones que imagino que quieres —respondió a mí pregunta interna.

—No sabía que tuvieras también capacidad de leer mi mente —mentí con mis palabras porque sabía que no podía y fui brusco en mis formas al sentarme apartando los cubiertos y el plato a un lado para agarrar la copa entre mis manos con fuerza. Se me habían quitado las ganas de comer.

—Sabes que no tengo esa capacidad pero conozco a Noriah y su forma de ser hace muchos años e imagino lo que ha hecho, sin leer tu mente, porque percibo hoy una incomodidad que ayer no tenías. En efecto, ella será quien te acompañe en tu misión para ayudarnos y será ella la que te dé explicaciones sobre sus métodos. Puede que después lo entiendas mejor. A partir de mañana podéis partir si así lo consideráis oportuno. La he convocado después de que cenemos para que podáis hablar

Traté de calmarme y comportarme como un buen invitado. Aunque no podía evitar el ingerir con rapidez los que cogía sin prestar detalle y sin apenas apreciar que tipo de alimento entraba en mi boca.

Deseaba hablar con la embajadora o hechicera, no sabía muy bien que rango atribuirle. Necesitaba tener claro a que atenerme en esta situación en la que se suponía que yo debería de protegerla. Aunque sospechaba que no era precisamente una persona indefensa a la que acompañaba en un peligroso viaje. Puede que estuviera yo más en peligro que ella.

Habíamos finalizado la cena cuando Aliana entró de forma precipitada y, por su rostro y el gesto de los labios apretados, supe que algo grave había ocurrido.

—Siento interrumpir la cena, pero creo que este asunto es urgente. En su despacho le espera el guardián de la biblioteca y Noriah. Han hecho hoy un inventario y se ha descubierto que falta otro libro y después de hacer todas las comprobaciones se ha confirmado un nuevo robo. (Continuara…)

Relato original de Gaby Taylor

Mis relatos

Aterrizaje en Arkoi (La llegada a Mormuk)

Durante unas horas me asaltaron pensamientos extraños en los que la imagen de nuestra sorprendente invitada aparecía y desaparecía en mi mente. Permaneció siempre en silencio pese a que sabía que tenía la capacidad de comunicarse con mi mente. Eso me mantenía alerta porque desconocía hasta qué punto era capaz de leer mis pensamientos. Intenté analizar todo lo que había ocurrido cuando recibí el aviso del doctor Zairo, donde me informó de que ella estaba volviendo en sí y que me sacó de mis elucubraciones. Dejé el puesto de mando en manos de Sory y me dirigí hacia la zona médica de la nave.

—Señor, percibo un trasvase de información desde la nave hacia un punto del planeta Arkoi —si no fuera porque Harmon era un asistente bioinformático de alto nivel podría decir que su comentario tuvo un punto de alarma.

—¿De qué tipo de información estamos hablando? —respondí peinando mi pelo con los dedos para acabar rascándome la nuca. El pelo me llegaba hasta los hombros y me supuso algunos problemas en la academia pero había logrado no tener que cortármelo como habitualmente hacían con los cadetes. Había sido el único privilegio que me permití solicitar siendo hijo de quien era.

—No es nada que afecte a nuestra seguridad. Se trata de una conversación entre la embajadora Noriah y un miembro del Consejo Superior de su planeta. Tienen una forma de gobierno un poco primitiva, si me permite el comentario, pero bastante efectiva y directa.

Corté la comunicación con Harmon, porque sospeché que todo lo que pasara por nuestras cabezas sería conocido por nuestra invitada, algo que no me resultaba nada agradable. Cuando llegué a la zona médica Zairo me esperaba prácticamente a la entrada y, por su forma de frotarse las manos, supe que estaba impaciente.

—Está en mi despacho y solo quiere hablar contigo —no hice ningún comentario y me dirigí hacia allí, tras salir del área médica.

Ella estaba de pie, dando la espalda a la entrada, mirando por la apertura que daba al exterior donde se veía una estupenda imagen del espacio y del planeta que orbitábamos desde que salimos de la tormenta: Arkoi. Por su postura la percibí segura y tal vez altiva, y eso me hizo pensar que debía de pertenecer a la élite de su planeta que gobernaba, aunque no conocía muy bien su estructura social. Pero lo que en realidad me molestaba era su capacidad de introducirse en mi cabeza y alterarme más de lo que quería reconocer.

—Siento que le moleste mi capacidad de comunicación, pero cada raza tiene sus formas de defenderse. Mi nombre es Noriah —si ella estaba enfadada con mis pensamientos, tal como intuí por la forma de decirlo, era su problema. No habíamos iniciado bien nuestro primer encuentro.

—Llegados a este punto, mejor será tutearnos. Soy el comandante de esta nave, Marcus Rensy —le respondí en el mismo tono seco, aunque en mi rostro surgió una leve sonrisa. A estas alturas seguramente sabría ella bastante más de mí de lo que me gustaría.

—Entonces iré al fondo de la cuestión. El Consejo Supremo de Arkoi me envía como embajadora porque hemos sufrido un robo en nuestra biblioteca ancestral y tememos que el libro que ha sido robado pueda perjudicar no solo a nuestro mundo si no a otros más alejados, incluido el tuyo. Un ejemplo lo tenemos en la tormenta que se ha producido tratando de evitar este encuentro y además estamos sufriendo una enfermedad desconocida para nosotros. Pero todos los detalles te los contará mi superior. Os invitamos a nuestro planeta, a la ciudad de Mormuk, para que conozcáis nuestra cultura y las causas de esta petición de ayuda. —El olor que me recordaba a ciertas flores de mi planeta y que se había concentrado en el despacho me estaba alterando y me estaba llegando a resultar incitante. El aroma de la adrenalina de la embajadora se incrustaba en mi olfato y mi cuerpo respondía de una forma que no era la más adecuada para ese momento. Me sentí como un adolescente con las hormonas alteradas y no como el comandante de una nave con bastante experiencia tratando a otras razas y culturas.

—Lo siento. —Su piel tornó de un tono cobrizo que supuse que era el color del rubor entre su gente y pese al aplomo que había manifestado anteriormente su mirada se desvió de nuevo hacia el exterior de la nave. —Cuando estoy nerviosa es complicado controlar mis capacidades. No todos los habitantes de mi planeta leen la mente y nos comunicamos así. Yo pertenezco a un grupo que tiene ese don y que a la vez somos traductores de lenguas del universo. Tenemos contacto directo con la naturaleza y los espíritus de nuestros antepasados y a veces actuamos más por instinto animal que por raciocinio. La tormenta me ha trastornado un poco —tras decir eso el olor, que me alteraba, bajó de intensidad, imagino que entendió que me estaba poniendo en un compromiso y fue capaz de controlarlo, algo que agradecí.

—Entonces si no hay más y nos esperan en Mormuk, prepararé todo para salir inmediatamente para visitar al Consejo. Tu nave está bastante dañada por lo que seguirá enganchada a la nuestra e iremos todos juntos en esta —le respondí sintiendo que no me lo estaba contando todo. Yo también tenía unas capacidades pero que no sabía si a esas alturas ellas las habría descubierto o no.

—Avisaré de que aceptáis la invitación, para que abran la cúpula de protección de la ciudad —Durante unos segundos la mujer pareció quedarse en trance mirando por encima de mi hombro, con lo que pude observar con atención que pese a su apariencia delicada me había dejado engañar por la primera impresión y posiblemente estaría delante de alguien entrenado para la lucha. Al momento sentí sus ojos clavados en mi cara. —Nos esperan.

—Acompáñame al puesto de mando —le dije haciendo un gesto para que saliera por delante de mí.

Sobrevolamos la ciudad tras haber superado las barreras de seguridad y comprobé que si bien sus construcciones podían parecerse a lo que yo estudié hace años de pequeño como cultura Minoica, no debías dejarte engañar porque si te fijabas con detalle había aspectos de tecnología bastante avanzada.

—Tratamos de vivir acorde con la naturaleza propia de nuestro planeta, pero no somos ajenos al desarrollo tecnológico. Nos aprovechamos de ello procurando no dañar a nuestro mundo. Usamos energía que proviene del núcleo del planeta, aunque tratamos de que todo sea lo menos contaminante o agresivo posible. Por ejemplo nuestra medicina se basa en conocimientos que vienen de los antiguos pero los métodos para aplicarla se desarrollan gracias a  investigaciones actuales. Ya lo irás descubriendo en la visita. 

El viaje fue breve y pronto atracamos la nave, junto con otras, en un gran hangar,  que me hizo a la idea de que el Arkoi mantenía relaciones comerciales con mundos bastante distantes, ya que había un continuo trasiego de individuos y mercancías, aunque debía de estar aleta porque algunos de esos individuos los identifique como mercenarios. Llegamos al control de salida y tras unas palabras de la embajadora con los controladores, pasamos a una sala desnuda e iluminada con una luz que no pude identificar muy bien de dónde provenía, parecía salir directamente de la piedra. Habíamos decidido que a la entrevista iría yo solo, así el resto de la tripulación entregaría la nave de la embajadora y vería si la nuestra había sufrido algún daño tras la tormenta. Aunque en realidad, no solía dejar mi nave desprotegida si estábamos de misión.

—Desde aquí nos transportaremos hasta el Consejo. Si me das la mano me resultará más fácil trasladarte conmigo. —Cuando nuestras pieles se tocaron, noté un leve temblor en sus dedos tras lo que esbozó una primera sonrisa.

Al instante todo se volvió borroso, aunque no me causó impresión porque ya conocía ese medio de transporte. La diferencia estribaba más en el método y la intensidad de la energía, que hacía que acabara más o menos mareado. Esta vez tuve suerte y, posiblemente, porque fue poco el tiempo que estuve bajo su control, que apenas si percibí un leve vahído. Llegamos a un espacio amplio con bóvedas sujetas por columnas de piedra que en la parte superior se abrían en abanicos y que se estrechaban en el centro dando la sensación de un equilibrio precario. El lugar estaba lleno de individuos de distintas edades y por su forma de moverse, yendo de un lado para otro en grupos, me recordó a un centro de formación, aunque desconocía de qué tipo.

—Hace falta un gran número de sanadores, a veces los tiempos se vuelven difíciles cuando menos se esperan. Y para ser un buen sanador se necesitan años de formación. Aquí vienen muchos jóvenes para asimilar las enseñanzas de sus antepasados y aunque todos tienen cualidades, en este lugar aprenden a manejar adecuadamente esas cualidades. Tener un don y no saber usarlo es tan peligroso en estos días como no tenerlo. Ahora iremos a conocer a mi maestra sanadora y miembro del consejo, Soloya —la mujer respondió a mi pensamiento con presteza. Tendría que acostumbrarme a este método tan poco ortodoxo de comunicación unidireccional

—Gracias. —Debió de  notar mi incomodidad por lo seco de mi respuesta. Puso su mano en mi antebrazo haciendo que me parara justo delante de una gran puerta flanqueada por dos habitantes del planeta, similares a los que nos habían recibido en el hangar, aunque estos por su porte tenían más pinta de guerreros. Iban con largas túnicas y capuchas que me impidieron ver sus rostros. Sus manos estaban ocultas en las mangas.

—Para tu tranquilidad te diré que en la ciudad pocas de nosotras tenemos la habilidad de leer y comunicarnos con la mente. Todas las que podemos hacerlo, somos mujeres y tenemos la obligación de mostrar esa habilidad ante nuestro interlocutor, si no lo hiciéramos perderíamos el poder y posiblemente la vida. Tampoco podemos hablar con terceros de lo que leemos por el mismo motivo: nos va la vida en ello —mientras decía esas palabras y a través del breve contacto con su mano en mi antebrazo pude sentir que decía la verdad. Miré en el fondo de sus ojos almendrados, de color más oscuro en ese momento, y puede ver esa sinceridad que me mostraba con sus palabras. Hizo un gesto y uno de los guardianes abrió la puerta que atravesó ella primero.

En un primer momento no vi muy bien donde estaba por el contraste de la luz del exterior frente a la suave penumbra de la estancia. Distinguí objetos a mi alrededor pero mi vista no podía llegar hasta las paredes. Es como si solo estuviera iluminado el camino que me conducía hacia una mesa llena de volúmenes y objetos desconocidos para mí y donde una mujer se encontraba sentada mirando un libro que parecía estar leyendo y del que apuntaba cosas en unas hojas que tenía a su alcance. Cuando estuve próximo a la mesa levantó la mirada de su trabajo y apartando las hojas a un lado se levantó de su asiento para luego rodear la mesa, con lo que se puso a mi altura.

—Bienvenido comandante Rensy. Me alegro de tenerle como invitado. Soy Soloya —la mujer era algo mayor de lo que esperaba o tal vez era la responsabilidad que le hacía aparentar más años de los que tenía. Iba vestida como el resto de los habitantes de la ciudad con los que me había encontrado, incluida Noriah. Casaca y pantalón de unas telas coloridas que no indicaban que fuera el personaje tan importante que me había supuesto: una maestra sanadora que conocía todos los secretos de los antiguos. —Estamos muy agradecido porque haya aceptado nuestra invitación, sobre todo sabiendo que no estaba dentro de sus planes de navegación —incliné mi cabeza a modo de saludo. No tenía muy claro cuál era el protocolo que se seguía en ese lugar. —Acompáñame —dijo la mujer a la  que seguí, junto con la embajadora, hacia una puerta entornada en la que no me había fijado al entrar.

No pensaba que allí me encontraría una acogedora estancia con chimenea donde además había una mesa llena de comida. En ese momento sentí que tenía más hambre de la que quería reconocer e incluso el sonido que hizo mi estómago me delató.

—Siéntese y así le paso a contar el motivo de que interceptamos su nave —sus palabras fueron en un tono divertido que demostraba que había oído el sonido de mis tripas. —Algo está ocurriendo en nuestros territorios que se sale de nuestros conocimientos. Hay gente que enferma, pero pese a curarse no vuelven a ser lo que eran, es como si una tristeza embargara sus corazones y no pudieran remontar sus vidas. No es una enfermedad que se pueda curar con nuestros conocimientos ancestrales —Soloya comenzó, de forma pausada, la conversación una vez que había acallado un poco mi hambre. —Es un tema que nos está preocupando porque nunca nos habíamos encontrado con algo similar.

—He visto que hay muchos futuros sanadores por lo que me ha comentado Noriah y es como si esperarais algo por el estilo.

—Uno de los lectores lo vio en sueños hace más de un año. No dijo exactamente cuál era la amenaza pero si nos recomendó que aumentáramos el número de candidatos, pero ya supondrá que ser sanador no es cuestión de formación, tienen que ser personas con unas habilidades fuera de lo común y muchos son los que vienen pero no son tantos los que llegan al final del camino. Aun así creo que hemos llegado a tiempo para evitar males mayores —comentó mientras me servía un licor tras acabar la comida.

Seguimos la conversación hasta bien entrada la noche, donde me dio detalles del robo y las circunstancias que estaba viviendo el planeta, y aunque me encontraba bastante cansado, necesitaba dejar bien clara cuales eran las intenciones de la invitación. Tras finalizar este primer encuentro me puse en contacto con mi tripulación para avisarles que esa noche me quedaría en la ciudad ante lo que Nalia y Harmon me comentaron que no había problema. Ellos seguían reparando la nave y que les estaban facilitando la tarea además de proveerles de todo lo necesario para comer y descansar. No me hacía mucha gracia quedarme solo en aquel lugar pero estaba claro que tampoco era algo que pudiera impedir. Noriah me acompañó hasta mi alojamiento con la propuesta de que al día siguiente me enseñaría más a fondo el lugar dónde estaba.

No tardé mucho en quedarme dormido al calor de una chimenea que caldeaba mi alojamiento porque estaba muy cansado tras la extraña situación vivida desde la aparición de la tormenta. Justo antes hacerlo volvió a mí  imágenes de Noriah, aunque esta vez aparecía envuelta en brumas. Debía de ser bien avanzada la noche cuando sentí una presencia en mi habitación, intenté moverme pero mi cuerpo no respondió y entré en pánico al comprender que había una poderosa magia que me mantenía paralizado, con gran esfuerzo me concentré para tratar de crear un escudo de protección para que pese a mi parálisis, nadie pudiera atacarme con un arma. Era un escudo protector, que cualquier alumno novato de la academia debería de saber realizar, porque para eso teníamos implantes biomecánicos que desarrollaban nuestras capacidades mentales, algo que no sabía si la embajadora había descubierto. Con ello esperaba ganar tiempo para buscar un modo de librarme de mi visitante. Antes de lograrlo, el intruso estaba a mi lado y solo logré captar un olor a flores conocido, porque al no poder moverme no pude ver más que su cuerpo de cintura para abajo gracias a la tenue la iluminación que todavía emitía el fuego de la chimenea. Pero algo me dijo que la presencia no era una amenaza y en ese momento la dejé hacer. Estaba tan cerca que juraría que oía su respiración mientras con su mano apartaba la ropa de la cama que me cubría dejando mi torso desnudo a su vista, noté el correr de mi sangre se aceleraban y lo malo es que sabía que ella lo había notado porque apoyó la palma de su mano en mi pecho a la altura de ese corazón que latía en ese momento desbocado. No tenía muy claro si era por la expectación de no saber que estaba ocurriendo, por la parálisis que sufría o por un extraño placer por sentir su tacto sobre mí. Tras unos segundos apartó su mano pero con la punta de sus dedos inició un viaje sobre mi piel tan despacio que tenía que esforzarme por no pensar que en realidad era un sueño. Pero sabía que no lo era porque otras partes de mi cuerpo se estaban despertando más de lo que quería reconocer. Tras entretenerse una eternidad haciendo círculos en mi pecho, subió por mi cuello deteniéndose en la yugular, como si quisiera saber cómo continuaba mi pulso, tras unos segundos continuó por mi mentón abriéndose paso hasta mis labios que acarició. Podría haber emitido un gemido pero mi garganta estaba igual de paralizada que el resto de mi cuerpo. Debió de notar esa explosión de placer que recorrió como un latigazo mis entrañas al sentir las yemas de sus dedos en la fina piel de mis labios porque se arrodilló, tal vez, para ver mi cara. Y ahí pude ver sus ojos enfrentamos a los míos, no sé si fue por la magia, mi imaginación o mi deseo de verle la cara pero, pese a estar de espaldas a la chimenea, vi sus almendrados ojos amarillos, de un amarillo ámbar, rodeado de un cerco negro que los enmarcaba con nitidez, pero no pude ver más de sus rasgos porque llevaba el resto de la cara tapada. Aun así, supe que esos ojos y su mirada las reconocería en cualquier sitio. Hice un esfuerzo sobrehumano para romper el hechizo en el que me veía envuelto y lo logré, pese al dolor que me supuso ese choque de energías entre mi poder y el de la hechicera, moví mi cuerpo para incorporarme. Y así, justo en el momento en que logré ponerme de pie, ella se apartó desapareciendo, pero el olor a flores quedó en el ambiente así como la sensación del calor en mi piel tras roce de sus dedos. (Continuará…)

Relato original de Gaby Taylor

Mis relatos

Tempestad en Arkoi

Estábamos ensimismados mirando nuestros paneles, cuando la alarma temporal llamó mi atención. Algo se estaba formando en el exterior, pero antes de poder pronunciar una palabra, grandes turbulencias bandearon nuestros puestos de forma brusca. Nos miramos alarmados, en un primer momento, para luego apartar la vista de nuestros asustados rostros y vimos, frente a la nave, un gran vórtice que nos atraía sin remisión. Había surgido de la nada. Como esas tempestades de las que oí hablar de pequeño a mi abuelo y que se formaban cerca de donde vivíamos, que él llamaba danas

Nos enganchamos a los asientos antes de ser zarandeados con tanta fuerza que todo aquello que no estaba anclado, salió volando a nuestro alrededor. En el centro del vórtice, una tormenta eléctrica empezó a poner en peligro nuestros sistemas. Incluso los testigos de los motores parpadearon informando de un magnetismo que los desestabilizaba. Todo temblaba. Los crujidos que podían anunciar el desmembramiento de la nave llegaron claramente a mis oídos, poniendo banda sonora a mi creciente pánico. Una brusca aceleración me incrustó al asiento de mi puesto con tanta fuerza que a duras penas podía respirar. La cabina estaba presurizada, pero parecía que todo el oxígeno se había acumulado en otro sitio y no llegaba a mis pulmones. Noté como la nariz me sangraba y eso aumentaba mi asfixia. No veía a mis compañeros, oí en la lejanía un grito, a la vez que los quejidos de la nave aumentaban y de repente todo se volvió negro. Dejé de sentir.

Saboreé mi sangre y eso me dijo que no había muerto. También percibí que estaba en gravedad cero. Al enfocar la vista hacia el exterior vi dos planetas desconocidos. ¿Dónde estábamos? ¿Qué tempestad nos había convertido en náufragos en el espacio?

Sacudí mi cabeza a la par que un escalofrío recorría mi cuerpo. Tenía que ver los daños que se habían producido, primero en mi cuerpo y después saber cómo estaban los compañeros y la nave. Ya habría tiempo de saber dónde estábamos. Aflojé mi agarre al puesto de mando para acercarme al panel donde todavía parpadeaban tenuemente algunos dispositivos. El resto del habitáculo estaba en penumbra iluminado solo por las luces habituales de emergencia. El silencio a mi alrededor me produjo una punzada en la cabeza y más cuando tuve la certeza de que este era el principio del algo de lo que tenía un recuerdo lejano pero no era capaz de saber que venía ahora.

—Harmon, informe de la situación. Daños humanos —le hablé al asistente.

—Ninguna baja. Leves hemorragias nasales, bajada brusca de la temperatura corporal con posterior taquicardia. Chequeando y reiniciando sistemas.

—Averigua después dónde coño estamos y cómo hemos llegado hasta aquí.

—Eso es fácil, señor. Hemos atravesado una tormenta plasmática de nivel 4 y hemos aparecido en el cuadrante 2 de la nebulosa Neliam. —En algunos momentos Harmon era demasiado impertinente para ser un ordenador de última generación.

Miré a mi alrededor y vi como los compañeros se iban moviendo en sus puestos, por lo que me acerqué a ver como estaban todos tras limpiarme la sangre que había salido de mi nariz. No lograba ni quitarme la sensación de que aquello acababa de empezar ni las dolorosas punzadas en mi cabeza. Una leve vibración agitó la nave. Harmon había reiniciado la propulsión, algo de lo que me alegraba, porque estar flotando en el espacio a merced de la nada no era una opción.

—Sory, informe —le dije a mi compañero de la derecha. Su trabajo era controlar todo lo que ocurriera en el exterior.

—Parece que la tormenta ha desaparecido exactamente igual que comenzó, la diferencia es que estamos como dice Harmon a bastantes años luz de dónde nos encontrábamos.

—¿Y la fecha? —cuando hice la pregunta, yo mismo me sorprendí. La había formulado como si no hubiera sido yo.

—El tiempo ha empezado a correr de nuevo al poco de salir de la turbulencia. Dentro de ella se ha parado y después, cuando ha desaparecido, todo ha vuelto al mismo cómputo.

—Comandante Rensy —la voz agitada de Nalía llamó mi atención—, acaba de aparecer en mi pantalla un objeto flotando próximo a la nave.

—¿Objeto?

—Perdón, comandante —respondió la tripulante. —Todavía no estoy muy fina. Es una pequeña nave que parece no tener energía, pero sí está tripulada.

—Informe, Harmon.

—Estoy en ello, Marcus. —A veces era un fastidio tener tanta confianza con el asistente. Harmon llevaba conmigo desde hacía años y se tomaba demasiadas atribuciones. También me había salvado la vida pero no dejaba de ser una inteligencia artificial, mejorada hasta un nivel casi humano. Lo malo es que también su sentido del humor, impertinencia, confianza y chistes malos, eran humanos. —En el interior hay un ser de la raza Arkoi pero sus constantes vitales son muy débiles.

Había tratado con algún arkoino en mis visitas a otras zonas de la galaxia, también en sus visitas diplomáticas a la Tierra pero, en realidad, siempre de pasada y no tenía muy claro cómo hacerlo.

—¿Podemos acercarnos y recoger la nave?

—El transporte se acerca a nosotros. Lo podremos recoger sin problema.

—¿Pero no has dicho que carece de propulsión?

—Sí Marcus, aunque una fuerza proveniente del arkoino la hace acercarse a nosotros. Y antes de que me preguntes: sigue inconsciente pero es capaz de hacerlo —maldije por lo bajo, sabiendo que Harmon me oiría. En una persona, su manera de ser ya le habría supuesto un expediente e irse a barrer los desiertos de escoria de Vulna.

Antes de que me sacara de quicio, y lo desconectara, di las órdenes oportunas para rescatar la nave y que llevaran a su pasajero al área médica para intentar hacer que recobrara el sentido.

Hice una ronda para comprobar que todos los compañeros estaban bien antes de dirigirme a la zona médica. La nave que comandaba era de nueva construcción y estaba de pruebas por orden del Congreso de la flota, aunque faltaban poco para que entrara en servicio, pero con lo ocurrido sospechaba que habíamos iniciado nuestro trabajo antes de lo previsto. Era un crucero de exploración de tamaño medio, de tres cubiertas: puesto de mando, área de vida y zona de propulsión. En total la dotación era de 10 tripulantes y me alegraba de que estuviéramos todos en ese momento y que el crucero tuviera sus armas en funcionamiento. Tras la ronda, me dirigí hacia el área de vida donde nuestro viajero estaba siendo atendido por Zairo, médico de la nave. Me encontraba inquieto y no era por cómo se estaba desarrollando estas últimas horas, sino más bien porque mi instinto me decía que la llegada del arkoino estaba relacionado con la tormenta de plasma. Entré en el área médica con mis alterados pensamientos y vi al doctor inclinado sobre la mesa de información donde, en distintos cuadrantes, se veían las constantes vitales de los pacientes.

—Me alegro de verte, Marcus.

—¿Alguna novedad, Zairo? —Miré hacia la capsula donde el cuerpo de nuestro visitante estaba siendo analizado por el dispositivo médico de Harmon.

—Según Harmon, nuestra paciente está en un sueño profundo pero que ella controla. No parece interesada en despertar aunque es cierto que, desde hace un momento, sus constantes han empezado a estar más activas. Ahora que has llegado, me voy a acercar a la cubierta de propulsión porque me ha avisado Noe que Lixus tiene una quemadura en el brazo pero que no abandona su puesto hasta no estar seguro de que todo está en orden.

—Acabo de estar allí. No es grave y venía precisamente a decirte que bajaras tú, porque como has dicho: Lixus no va a venir por voluntad propia.

El doctor recogió un par de cosas que necesitaba abandonando el área y me quedé allí mirando el panel con las constantes vitales. Hasta donde yo sabía, la anatomía de los arkoinos era muy similar a la humana, aunque tenían unas capacidades mentales más complejas, y eso que nosotros, gracias a la evolución biomédica, habíamos alcanzado unas cotas que nunca llegamos a pensar que lograríamos. Aunque todos los individuos humanos no estaban capacitados para ese desarrollo y las pruebas para conseguir la licencia biomédica eran muy exigentes. Que me lo contaran a mí, que solo de pensar todo lo que tuve que pasar en la academia médica todavía me producía sudores.

Estaba distraído entre mis pensamientos y lo que miraba en la pantalla cuando la cápsula médica se abrió.

—Harmon, ¿por qué has abierto la capsula?

—No he sido yo. La ha abierto ella.

Me puse a la defensiva mientras miraba hacia la capsula no sabiendo muy bien a que podría atenerme. No tenía conocimiento de que los habitantes de Arkoi fueran violentos pero últimamente habían cambiado las alianzas y todo era posible. Salí de detrás de la mesa con todos mis sentidos alerta y, aunque una parte de mí me gritó que no era buena idea acercarme mucho al habitáculo médico, un tenue olor muy agradable proveniente de ese espacio me llamaba como las flores a las abejas en mi planeta. Pude ver su rostro en apariencia tranquilo. Me sorprendí al ver sus ojos abiertos pero translúcidos y entonces recordé que el planeta Arkoi era muy desértico y sus habitantes viven bajo tierra, aprovechando los manantiales subterráneos, en grandes ciudades similares a invernaderos naturales y por eso sus ojos tienen doble párpado: el exterior, que en este caso estaba abierto, y el interior traslúcido que les permitía ver en la superficie de su planeta cuando había tormentas de polvo. Sus pestañas también eran largas y tupidas. Era una mujer joven, aunque poco más podía saber de ella porque estaba cubierta con una sábana con la que también Harmon controlaba sus constantes vitales y la temperatura corporal. Vi que movía los labios pero no emitía ningún sonido. Me acerqué un poco más tratando de oír algo de lo que decía tras activar mi traductor cerebral. Me encontraba tan próximo que, al respirar, percibí con fuerza el olor que ya me llamó la atención en un primer momento y cerré los ojos durante unos segundos asimilando un reconocimiento lejano. Cuando los abrí me asuste. Los párpados dobles de la mujer estaban abiertos y me miraba fijamente con sus ojos amarillo verdosos, de pupila rasgada como los felinos de mi planeta. Me agite mareado por el olor y asustado por la mirada y cuando quise echarme hacia atrás, la mujer sacó las manos de debajo de la sábana y sujetando mi cara me obligó a pegar mi frente a la suya sin apartar su mirada de la mía. Y en ese momento me reveló todo.

Una parte de mi cerebro vio al doctor entrar alarmado en la sala acompañado de Noe. Hice un sobreesfuerzo mental y los avisé con mi pensamiento de que no se preocuparan: la mujer se estaba comunicando conmigo y no me estaba haciendo daño. Cuando acabó volvió a cerrar los ojos y pareció quedarse dormida, pero esta vez una leve sonrisa se quedó marcada en sus labios.

—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó Noe, pasándose la mano por la frente como solía hacer cuando estaba nerviosa.

—Es Noriah, embajadora de Arkoi y dama de rango de la orden de los arkanos. Por lo visto ella produjo la tormenta de plasma, como forma de viajar en nuestra búsqueda, pero algo salió mal y ocurrió al revés. Fuimos nosotros los que entramos en su espacio inutilizando su nave. Ha sido enviada por el gobierno del consejo arkoino para pedir ayuda.

—Y ahora, ¿qué vamos a hacer? —el tono del doctor era tan alarmado como el de Noe cuando me cuestionó. Había comenzado a chequear mis constantes. Me notaba algo débil, como si una parte de mi energía hubiera sido absorbido por la mujer.

—Pues tendremos que esperar a que se recupere, mientras yo analizo la información que ha volcado en mi mente y tomaremos las decisiones oportunas. Trataré de ponerme en contacto con nuestro mando, aunque sospecho que estamos solos en esto, de momento.

Ahora tendría que pensar si todo lo que aquella mujer me había transmitido iba a contárselo a mi mando o era mejor omitir cierta parte de la información, según se desarrollaran los hechos, porque estaba claro que ella y yo nos conocíamos pero, ¿de dónde? Y, ¿desde cuándo? (Continuará…)

Relato original de Gaby Taylor