Una de mis mayores virtudes es la facilidad que tengo para desarrollar una historia siempre y cuando la vea en mi cabeza. Solo necesito el inicio y el final; si eso lo tengo, ponerme a hilar la trama me resulta terriblemente sencillo. Muchos escritores dirán que eso es una bendición y ya os digo que no, a no ser que seas un escritor famoso como el mencionado el en título de este artículo. Entonces, ahí sí, puedes explayarte en los escritos con generosidad. Pero si eres poco conocido, como es mi caso, lo único que consigues es que a la hora de publicar no salgan las cuentas.
De hecho, me ofrecieron participar en un concurso de relatos y, de momento, decliné la oferta por lo mismo, por miedo a que me pusiera a escribir y terminara mi sexta novela. Sí, sé que tengo publicadas solo tres, pero escritas tengo alguna más. Para mí, este género es tan peligroso como el de la fantasía, si bien este último no tanto por la imaginación que suelo gastar, sino más bien porque entonces ya no hablaríamos de un único libro, acabaría escribiendo una saga. Recuerdo que por ahí tengo una en la que el animal de fantasía que comparte aventuras con el protagonista es un mogul. Si alguna vez la escribo, no puedo olvidarme de él.
Pese a todo, amigos escritores me pidieron consejo para que la redacción de su relato no se les fuera de las manos. Recuerda que hace un año impartí un curso de escritura creativa, tanto la teoría como ejercicios prácticos, y las últimas semanas las dediqué a animar a mis alumnos a que los escribieran, dejándoles unas pautas. Algunos de ellos los publiqué en este blog y me resultó entrañable el de un gato travieso que solía esconderse dentro de los armarios para que no lo encontraran. El animalillo era una alumna que se puso en la piel del felino y así plasmó sus sensaciones en papel. La idea era hacerlos salir de la zona de confort y obligarles a que vivieran realidades muy distintas: despertarse por la mañana y ser un gato o encontrarse a los pies de la cama unos zapatos que no eran suyos, entre otras sugerencias. La dinámica resultó muy divertida.
Siempre habrá gente más experta que yo en este asunto, pero no quita para que te hable hoy en este blog de mi experiencia y mi continuo interés en aprender, desarrollando el consejo de trabajar este género.
¿Por qué son útiles los relatos?
Que conste que los consejos que te voy a dar no son porque yo lo diga. Escritores con más experiencia me los han sugerido y yo los he sopesado con calma para entender qué me pueden aportar en mi trabajo. Eso es lo que hoy te comparto.
- Aportan disciplina.
Hoy en día nos resulta muy complicado construir espacios para poder desarrollar nuestra actividad de escritores, siempre sufriremos una larga lista de interrupciones. Olvida eso de encontrar el momento perfecto para ponerte a escribir: no existe. Es lo mismo que la búsqueda de la felicidad: no existe la vida feliz perfecta, existen pequeños momentos de felicidad y un exceso de fotografías de esa supuesta dicha en las redes sociales. Por lo tanto, con respecto a nuestro oficio, debes aprender a escribir donde sea y como sea. Y ya te digo yo que es difícil escribir a mano en un autobús renqueante, con toda la documentación desordenada en el regazo mientras intentas acordarte de qué iba la trama. No hablemos ya de la concentración necesaria para una sesión de escritura en narrativa larga. Por lo tanto, al final, se acaba dejando de escribir y empezamos a sufrir el bloqueo del escritor que, en realidad no es tal, sencillamente es que queremos adecuar nuestra vida a nuestro oficio y no a la inversa en definitiva, es la vida la que manda. Por lo tanto, estos textos más breves nos pueden ayudar a no perder ese tono y mantener siempre afilada la pluma.
Me cuesta horrores encontrar temas para plasmarlos en mi blog semana tras semana y, si me dejara llevar, pondría excusas y acabaría escribiendo una entrada al año. Total, no le debo nada a nadie, si acaso me lo debo a mí misma. Por lo tanto, puedo decir que tener mi entrada de blog es como haberme creado la obligación de escribir un relato a la semana. Porque echarle imaginación también se la tengo que echar, además de cuidar la sintaxis y la ortografía. Si soy escritora no lo soy a tiempo parcial.
- Acaba con la indecisión de sentarse a escribir.
Si ya resulta trabajoso ponerse a escribir, imagina si encima nos debemos dedicar horas a recopilar toda la documentación que supone la puesta en pie de una idea para una historia. Personajes, escenarios, tiempo histórico y hasta el más pequeño detalle. Si quieres que tu andamio no se caiga a las primeras de cambio debe estar perfectamente organizado. Todo eso requiere un tiempo precioso y de eso cada día carecemos más. No porque no lo tengamos, sino porque procrastinamos, nos corroe la pereza. En el caso que nos trae no necesitamos de tanto armazón para sustentarlo. Se supone que esto debería animarnos más a dedicarnos a este tipo de narrativa.
- Te permite experimentar.
Este es uno de los motivos por lo que me encantaría poder dedicarme a este género: la posibilidad de que, en unas pocas líneas, pueda desarrollar un mundo de fantasía y no me diera la tentación de escribir algo similar a las sagas de la Dragonlance. Puedes lanzarte con tu imaginación y, si la cosa no va bien, dar un giro sorprendente y ponerle punto final. Es más enriquecedor tirar unas pocas cuartillas escritas sin ton ni son que tener que reconocer que todo el trabajo de investigación realizado es para nada, porque, al final, no eres capaz de desarrollarla. Te garantizo que, en el caso del relato, no será tiempo perdido. Bien elaborado, es un modo perfecto de ver qué ideas podrían ser útiles, qué estilos me gustan. En estos breves textos puedes desarrollar una vena fantástica, irónica, humorística, poética, contestataria o reivindicativa que, si quieres reflejarlo en alguna novela, lo mismo necesitas cinco vidas más.
- Mejora y asienta tu estilo.
Este tipo de textos requiere de una minuciosidad quirúrgica en el uso de las palabras. Cada una de ella tiene que significar lo que quieres decir sin que produzca ambigüedad en el sentido del texto, puesto que tienes poco espacio para grandes explicaciones y, si una cosa buena tiene el castellano, es la precisión. No es lo mismo escuchar que oír o ver que mirar y el uso de uno u otro verbo nos puede indicar el estado de ánimo del protagonista de la historia, por poner un ejemplo. De hecho, he encontrado esta cita: “Creo que las dos maneras más eficientes que existen de aprender a enganchar a un lector son escribir entradas de blog y escribir relato”. Ahora mismo me encuentro en el primer grupo, por lo tanto, creo que no llevo mal camino.
- Siempre te puedes reciclar
Imagina que llevas ocho libros publicados en Amazon y no avanzas, siempre tienes el mismo grupo de lectores que, además, te piden que escribas lo que ellos quieren. Vamos, que te acabas convirtiendo en escritora a demanda, aunque te pienses que transmites lo que tú quieres. No te engañes, lo haces de manos de otros, pero en vez de ser un escritor fantasma eres un esclavo de tu público. Ellos te piden fanfics, spinoff, sagas y la biblia en pasta y, por darles gusto, al final, acabas más abrasada que una falla en Valencia. Esta circunstancia te lleva a que según vas avanzando con una novela sigues cometiendo, capítulo tras capítulo, los mismos errores porque no te da tiempo a parar y pensar qué haces bien y qué haces mal. Incluso, ni te planteas que algo lo haces mal, solo lo notas cuando observas que cada vez tus libros llegan a menos público. Pero, como dijo Bradbury, es imposible escribir 52 relatos malos seguidos y son más sencillos de enviar a amigos y lectores 0 para que te lo comenten con sinceridad. Cuando ya has subido tu trabajo a Amazon, raro es el caso en el que alguien te diga que te dediques a otra cosa, con lo que ayudaría de vez en cuando ser políticamente incorrectos.
En cambio, el relato es una práctica fantástica. Es un ejercicio de estilo y de fondo, es siempre una experiencia intensiva de aprendizaje. Tengo un buen amigo, Alberto Puyana, que de esto sabe mucho y, pese a haber publicado ya sus primeras novelas, no deja a un lado lo de seguir presentándose a concursos de este género.
Además estos tienen una gran ventaja frente a los de novela. Esta puede estar meses parada a la espera del fallo, de una respuesta editorial, en manos de lectores cero o escondida por el sufrir el síndrome del impostor. Y un libro no se escribe en tres días (ni en un mes, por mucho que te lo juren los más optimistas). Tener manuscritos inactivos es dinero, posibilidades de publicación y mucho más, que no estás recibiendo.
Por suerte, los relatos son bastante acomodables a la realidad literaria que vivimos, porque la inmediatez está a la orden del día. Puedes tener un buen manojo de ellos en espera. Si tienes uno presentado a un concurso y no gana, puedes presentarlo a otro, en un tiempo relativamente corto. Lo mismo ocurre con las antologías (muchas no piden textos inéditos), las publicaciones online, etc.
Por lo tanto, te animo o a que abras tu propio espacio en la red o a que te plantees a presentarte a los concursos que tengas más a mano. Me demuestra mucho valor el escritor o escritora que tiene uno de los dos, es un héroe quién es capaz de compaginar ambos y ya hablamos de nivel dios si logra publicar una novela bien trabajada, cada dos años, sin abandonar el mundo de los relatos y su aportación personal en un blog.
Mi lectura recomendada de la semana
Ya te comenté que le pensaba dar otra oportunidad a Fred Vargas y en este caso te traigo La tercera virgen.

El fantasma de una monja del siglo XVIII que degollaba a sus víctimas, cadáveres de vírgenes profanados, pociones mágicas que aseguran la vida eterna, un rival del pasado más lejano que habla en verso… Con todo esto se encontrará el comisario Adamsberg en esta inquietante y negrísima historia de Fred Vargas. La resolución de este complicado puzle podría volver loco a cualquiera, pero no a Adamsberg. El comisario conseguirá descubrir la verdad, aunque ello le cueste no la razón, sino el corazón.
Te encontrarás con el sexto libro de una saga de once dedicados al inspector Adamsberg. Se descubre la evolución del personaje y se confirma el peculiar estilo para desarrollar la historia por parte de la autora. Desde la primera de la serie, en el personaje se ve su característica principal: sus pensamientos saltan de una cosa a otra, muchas veces sin relación con el caso, por más que, a la vez, acaban estando enlazadas con él. Sin embargo, resulta menos complicado seguir el hilo de la trama principal en este volumen. Mantiene el uso de trabajar varios hilos que se van trenzando llegando a conformar una única historia, que será la principal y por la que llegaremos al desenlace. Si te gusta que las novelas no te dejen indiferente y que no sean de lectura sencilla, esta es tu historia.
Hoy también quiero recomendar a otro autor, en este caso gaditano, que te puede resultar muy ameno para estas largas tardes de primavera. Se trata del ya aludido Alberto Puyana, escritor reconocido con multitud de premios nacionales e internacionales.

Con un toque de ironía en el primer trabajo que le he leído, El Preticante, Alberto nos presenta el día a día en un ficticio hospital gaditano. Gracias a su experiencia, ya que es enfermero, nos va desgranando las aventuras y las desventuras de un paciente, Paco Penas. La moraleja de la historia es dar un toque a aquellos compañeros que, a veces, no se dan cuenta de que están tratando con personas y no con el 305-2 (habitación 305, cama 2) o un posible cólico nefrítico. Se entiende la gran carga de trabajo que sufre el enfermero en el ejercicio de su oficio, pero a diferencia del enfermo, el primero eligió su carrera, en cambio nadie va a un hospital por gusto si no trabaja allí y, por lo tanto, suele acudir con mucho miedo en el cuerpo. La ironía y el sentido del humor brillan en la obra que, además, por ser breve, se lee con mucho gusto.
Títulos de su autoría son La horma del zapato ajeno y Corpore Insepulto, pero hablaré de ellas en una próxima entrada, que si no se me van las cabras por el sembrado.















