Una de las cosas que más me gusta es comprar libros de segunda mano. Mi página de referencia es Iberlibro desde hace relativamente poco, pues antes me dedicaba más a pasear por los mercadillos a ver qué me encontraba que a la búsqueda sistemática de un ejemplar por medio de internet; pero los tiempos y las necesidades cambian.
Cuando uno se hace con un libro de segunda mano se puede encontrar sorpresas que no espera entre sus páginas. Esos pequeños tesoros a veces nos dicen algo del lector que tuvo entre sus manos ese ejemplar. Es una situación que he vivido y siento como si una voz del pasado me susurrara al oído y mi yo investigador me puede: quiero saber más de quiénes fueron los lectores anteriores.
Sorpresas que te da la vida
A veces la dedicatoria es muy sucinta, tanto que en realidad se limita a unas iniciales, un apellido y una fecha. Apoyado en unas pocas pistas como estas y tirando de un hilo ficticio, Benito Olmo ha desarrollado la trama de su novela Tinta y fuego. En mi defensa diré, para que no penséis que él es el único, que ya en el 2019, cuando tal vez Benito no había sentido la necesidad de saber más de los dueños de libros expoliados, perdidos o desaparecidos, yo ya estaba montándome mis investigaciones.

Para Ana, mi mujer, con la esperanza de compartir algunas horas a su lado, escuchando de ella el «regusto» de la lectura del libro. ¡Besos!
Aeropuerto de Madrid, 27 oct. 97
Edu
¿Qué habría ocurrido con Ana y Edu que su libro acabó al final entre mis manos? ¿Volvió de ese viaje? ¿No llegó nunca a recibir el libro? ¿Qué historia sustentan esas palabras? Se trata de una primera edición de Afrodita, de Isabel Allende, especial por su formato e ilustraciones. No es una obra para leerla con prisas. Es más, la tengo hace años y la ojeo de vez en cuando, releo alguna parte o incluso, más de una vez, descubro algo nuevo. Creo que se trata de un regalo cuidado, para una mujer madura. Como de la edad de Isabel cuando lo escribió, que ya estaba en los 50 y seguía disfrutando de los dos mejores pecados capitales: la lujuria y la gula. Tal vez la historia de Ana y Edu iba a empujones y él quiso reavivarla, lo mismo ella ya había perdido toda esperanza o, sencillamente, se mudaron, no pudieron cargar con tantos libros y lo acabaron vendiendo. Siempre me quedará la duda de qué ocurrió con la historia de esta pareja, pero siempre tendré la oportunidad de poner por escrito lo que creo que fue. Ese es un privilegio que se nos concede gracias a la ingente imaginación del escritor.

Hace unos días compré otro ejempolar de segunda mano y tuve la fortuna de disfrutar de un suceso parecido al que se narra en la obra «El barco de Teseo«. Para quién no lo conozca, me remito a la entrada que publiqué ya hace más de un año donde explico un poco el contenido del libro. Puedo dejar una pincelada para que entendáis los hechos. Se trata de una obra de una biblioteca en la que un lector va haciendo anotaciones y otra usuaria, al encontrarlo, va respondiendo dichas anotaciones, creándose entre ambos un vínculo relacionado con el misterio que envuelve al volumen.
Técnicamente eso es algo que los lectores de las bibliotecas no debemos hacer, pero para eso estamos frente a una novela de ficción. Además, hay veces que los libros donados a las bibliotecas vienen anotados y esas apostillas las hicieron sus anteriores dueños.

¿Te imaginas un ejemplar de Bodas de Sangre anotado por el propio García Lorca? Seguro que si lo encontraras no te parecerían entonces tan mal esos escritos al margen. Con sinceridad, si esos comentarios son realizados por personas que aportan algo a la obra, a mí me da la sensación de que el libro cobra vida y se transforma en una máquina del tiempo.
En El barco de Teseo nos encontramos una ficción dentro de la ficción, como una matrioska de papel. Pero a veces no es ficción. Yo he tenido la suerte de encontrarme con una nave parecida a la de Teseo, solo que real.
Susurros del pasado
Todo ha ocurrido hace unos días, en otra de mis compras para documentarme acerca de la II República y la Guerra Civil Española. Tras mucho remirar y por recomendación de mi pareja, me decidí por el estudio realizado sobre el tema por Julián Casanova, catedrático de Contemporanea de la Universidad de Zaragoza, al que él tuvo como profesor, por lo que me me dió pautas sobre el tipo de obra que iba a tener entre manos.

Lo ojeo por encima y compruebo que lo que comentaban en las especificaciones de Iberlibro se cumplía. Las marcas del anterior dueño no me impedían leer el texto y, ni corta ni perezosa, comienzo la lectura. Este tipo de textos también me genera la necesidad de poner mis propias anotaciones, ya que es la técnica que he utilizado desde que inicié mis estudios universitarios, aunque suelo hacerlo a lápiz o pongo pósits.

Aquí todo el problema comenzó cuando mi curiosidad innata vio esa marca comentada líneas más arriba, inicial, apellido y fecha, y quise saber quién había sido ese anterior propietario. Seguramente pensarás que estaba loca y no te quito la razón, pero eso mismo, salvando las distancias, se lo dijeron a Heinrich Schliemann y descubrió Troya. El mundo es del que tiene las narices de salir y mirar lo que hay fuera.

Puede parecer un hilo muy fino, pero la perseverancia es la madre de muchos descubrimientos. Lo lógico sería que «J» fuera José, Juan o Javier Allo, y más extraño que fuera Joaquín, Jaime o Jerónimo. Por lo tanto inicié mi búsqueda, primero con un infructuoso intento al usar José. Con Juan lo hice también sin demasiadas esperanzas al no saber el segundo apellido. Hasta que llegué a la página 160 y me encontré con ese maravilloso dato del nombre de Adolfo Vázquez Humasqué y la anotación: Tío segundo mío por parte de mi madre. En ese momento levité un poquito. Me zambullí, algo muy útil con estos calores, en internet cruzando datos y logré dar por fin con el anterior dueño de este libro del que os cuento lo poco que hasta la fecha he logrado saber, pero que me ha ayudado para situarlo y entender de manera adecuada los comentarios con los que va trufando algunos márgenes.
Xoán Anllo Vázquez, nacido en 1936 en Feira do Monte (Cospeito), falleció el pasado 2 de junio (2023) a los 87 años de edad. Anllo, licenciado en Derecho, fue traductor oficial en las Naciones Unidas durante 40 años, lo que le abrió las puertas para conseguir una colección de piezas de arte africano que donó hace una década al Museo Provincial de Lugo.
Anllo fue recopilando durante sus años en la ONU piezas que iba adquiriendo en sus viajes por todo el mundo, especialmente en sus estancia en África, donde señalaba hace años que había quedado fascinado por el arte de este continente, logrando conformar una completa colección formada por más de dos centenares de piezas.

Anllo, además de traductor para la ONU durante 40 años, realizó estudios y trabajos que se fueron publicando en formato libro o en revistas científicas, como su volumen «Estructura y problemas del campo español», de 1967; estudios relacionados con su trabajo y su relación con otros intelectuales gallegos, como José Ángel Valente, o sobre aspectos de política internacional. (Fragmento de artículo recopilado de La Voz de Galicia)
He sentido cómo una voz del pasado me ha guiado en la lectura de un libro; he compartido, pese al paso del tiempo, conclusiones a las que hemos llegado los dos, y he llegado a entender lo que significaba cada subrayado aunque no estuviera acompañado de anotaciones. Ha sido tal la comunicación que he percibido que cuando el lector no estaba del todo de acuerdo con lo escrito por Julián Casanova lo destacaba con unas líneas ondulantes y si era algo que había que destacar por importante, lo hacía con una marca recta. Se notaba su labor de traductor y su perfecto conocimiento del castellano puesto que iba corrigiendo errores a lo largo de las páginas, tales como comas que no debían de estar, eses que sobraban en palabras porque no eran en plural según el sujeto que se utilizaba o términos que no venían al caso. No es que hubiera muchos, pero los pocos que encontraba los iba subsanando.
He finalizado el libro y tengo una sensación extraña, puesto que me hubiera gustado haber hablado con el anterior lector sobre sus impresiones, algo que como sabéis ya es imposible. Creo que pese al gran salto generacional hubiéramos estado los dos de acuerdo en algunas cuestiones y le hubiéramos debatido alguna de las valoraciónes que hace Julián Casanova.
Los del gremio de historia, como los del periodismo, sabemos que por mucho que uno no quiera, al final todos, como humanos, tenemos un sesgo y tendemos a plasmarlo en nuestros escritos. Ya me avisaron de la orientación del autor del libro, que si bien lo veo lógico, no dejo de pensar que hay un aspecto en el que se me queda corto su trabajo historiográfico. Me falta que hubiera profundizado más en el aspecto de que la II República se precipitó en muchas de sus reformas y pese a que una de ellas, la enseñanza, que es la que más me interesa, era fundamental para su desarrollo, tanto o más que la reforma agraria o los derechos de los obreros, pasa muy de puntillas sobre dicha cuestión. También es cierto que acercarse a todo lo acontecido durante ese periodo de la Historia de España en apenas 450 páginas es una tarea muy meritoria. Es un estudio que recomiendo porque resulta muy esclarecedor en bastantes aspectos que influyeron en la llegada, desarrollo y caída del régimen republicano. Aunque te puedo garantizar que si le tengo aprecio a ese libro no solo es porque ha sido un buen guía para organizar la documentación de mi próxima novela, sino porque he sentido la voz del pasado orientando también mi viaje.
Esta es una prueba de que hay que ver con otros ojos y valorar la importancia de ciertas obras anotadas por personas que saben lo que están haciendo. No siempre podremos disfrutar de ese privilegio, pero soy de las afortunadas que han sentido ese hilo conductor, al menos una vez. Mi agradecimiento a Juan Anllo Vázquez.

























