Un regalo con inspiración navideña
Hoy me apetece hacerte un regalo en forma de relato. No es el que muchos lectores esperan en esta época, pero sí tiene ese aire o espíritu que yo le busco a la Navidad. Lo escribí y presenté hace poco como trabajo final para el curso de escritura creativa superior “Yo quiero escribir”, dirigido por Carmen Posadas y su hermano Gervasio. Te dejo el enlace por si te apetece echarle un ojo y ya en otro momento te contaré que me ha supuesto la experiencia.
Seguramente pensarás que a santo de qué viene ese título una vez que leas el relato. Por un lado, me gustó y, por otro, que dice una verdad como un templo. A la hora de la verdad viene a ser como el refrán de más vale buen vecino que pariente ni primo. En este mundo todavía se debería poder compartir mesa con un desconocido, más de una vez lo he hecho, y dejarnos de polarizaciones, porque divide y vencerás (soy muy refranera por herencia paterna). No me enrollo más y paso directamente a mi cálida aportación a estos días festivos. Espero que te guste y estaré atenta a tus comentarios.
¡Feliz Navidad!
Simanim
Tal era la forma de jarrear que los dos jóvenes atravesaron de sopetón la puerta de la cafetería. Ella le precedió y su primera sensación fue la añoranza que le aportó el aroma a café y almendras tostadas. Cuando pudo recomponerse un poco aprovechó para recorrer con la vista el local. Estaba todo lleno, por lo que al cruzar su mirada con el hombre le hizo un gesto para que compartieran mesa. El rostro de él se abrió en una sonrisa de agradecimiento.

Linet miró sorprendida a su entorno. ¡Era tan vintage! Le gustaba ese tipo de decoración de madera antigua que añadía calidez y seguridad, pero sobre todo era el olor que impregnaba el ambiente y que le traía imágenes de la cocina de su abuela los días antes de Navidad. Por la cara de sorpresa de él dedujo que posiblemente pensaba lo mismo.
―Gracias. Me llamo Jaime. ―El chico le tendió su mano helada al sentarse pesadamente. Ella se la estrechó tras quitarse los guantes y dejarlos al lado del servilletero―. El tiempo se presenta tan malo que no tenemos ni cobertura. ¡Nada, paciencia!, a ver si pasa la tormenta.
―Está tan lleno que es lo menos que podía hacer. Nunca había recorrido esta zona y, con la que estaba cayendo, he entrado en el primer lugar que he visto.
―Entonces te ha ocurrido como a mí. Hace pocos meses que me he mudado. Me ha cogido la tromba buscando una ferretería.
Su conversación quedó interrumpida por la llegada de una señora entrada en años, en la que Linet ya se había fijado cuando echó el primer vistazo a la cafetería. Estaba pesando algo en una báscula que debía de tener cerca de los cien años. Ahora que la veía más de cerca, le hicieron gracia los manguitos que cubrían la blusa de encaje y que hacían juego con el mandil, empolvado con lo que supuso harina o azúcar glas.
Pidieron dos cafés con leche y ella les recomendó algunos de los dulces de la casa, que tenían unos nombres que les resultaron desconocidos y de los que solo reconocieron el baklava. Los había tan sonoros como las orejas de Hamán, el briwat de frutos secos o los travadicos. Decidieron compartir media docena de los que más les llamaron la atención. La mujer le pasó el encargo a un hombre con un delantal similar y rondando la misma edad que ella, que la ayudaba moviéndose con soltura entre la decena de mesas.
Ante las preguntas sobre el origen de los dulces, Rebeca, que así se presentó, les contó que todos pertenecían a su cultura. Les explicó que durante la Gran Guerra habían huido de Esmirna y que lo único que habían podido salvar fueron las recetas. Junto a su marido, Malek, pudieron salir adelante levantando aquel negocio. Cuando la dicharachera mujer los dejó para atender a otra pareja, Linet y Jaime retomaron su conversación.
Descubrieron que ambos eran un poco como los dueños de Simanim, que así se llamaba la cafetería: venían de otros lugares y llevaban poco tiempo en la ciudad. Linet acababa de llegar de Gales, para ser profesora de inglés. En cambio, Jaime se había mudado un par meses atrás, como encargado de una tienda de telefonía en la calle Mayor. Venía de Murcia.
Él se asombró de su buen castellano y Linet le contó que se había criado en España y, gracias a ser bilingüe, le había salido este contrato. Ser hija de profesores y extranjeros le había impedido arraigarse en ningún sitio y apenas sí tenía trato con gente. Jaime afirmó estar en una situación parecida, pero por falta de tiempo. Desde que llegó, tuvo que organizar la tienda y ahora trataba de asentarse definitivamente y conocer un poco más esta ciudad y a su gente.
Según iban saboreando los dulces, Linet se percató de que se encontraba a gusto con él y en aquel lugar. Ella, que era de naturaleza introvertida, hablaba ahora con total naturalidad de temas que, si bien no eran personales, tampoco tenía costumbre de comentar con desconocidos. Lo hizo de sus gustos, de su interés por dedicarse a la traducción de libros, porque era una ávida lectora y, sobre todo, de visitar los alrededores. Él le confesó que tenía abandonada la lectura, hábito que se planteaba retomar, y que también le llamaba eso de visitar lugares nuevos. Pastelillo a pastelillo, los dos empezaron, incluso, a hacer planes en común sin apenas darse cuenta.
Rebeca los observaba desde el mostrador mientras Malek pasaba su mirada de la pareja a su mujer entre pausa y pausa de colocar los botes de ingredientes. Los acomodaba en los huecos de la estantería de madera que cubría toda la pared a sus espaldas. Cada espacio estaba trabajado con mimo y asemejaba las pequeñas ventanas árabes que le recordaban a las de las casas de su niñez.
―Deja de ejercer de khattaba ―susurro leyéndole el pensamiento a su bendita esposa. Ella sabía que era un comentario jocoso por el tono y su sonrisa.
―Te recuerdo que en mi cultura sería shadchen y no es algo premeditado. Sin embargo, me da la sensación de que están muy solos y pueden hacerse amigos. Nuestros pastelitos obran milagros. Luego ya, el tiempo dirá en qué quedan ―le respondió Rebeca. Con todo, si ella podía, les daría un empujoncito…
La mujer siguió discreta las expresiones corporales de la pareja desde el mostrador. Sentía que la conversación entre los dos era mucho más relajada que cuando llegaron. Siempre había pensado que un café intenso, sus dulces y un espacio tranquilo era lo único necesario para que las personas se comunicaran entre ellas. Cierto que tenía un poco de shadchen, si bien nunca había necesitado a ninguna para conocer a Malek. Pese a pertenecer a dos culturas con una frontera bien definida, lo convulso de aquellos años y la huida juntos facilitó que pudieran franquear esa línea invisible entre árabes y judíos.
Linet escuchaba atentamente a Jaime y de vez en cuando miraba por la ventana. La lluvia seguía cayendo con intensidad. Hacía tiempo que no pasaba nadie. En cuanto escampara aprovecharían para abandonar el lugar. Los dos pensaban llevarse por lo menos otra media docena de aquellos estupendos dulces que los habían acompañado en ese rato de conversación en el que el reloj parecía no avanzar. Por fin, el mal tiempo dio tregua y decidieron acercarse para pagar la cuenta y hacer cada uno su pedido.

Rebeca se alegró de que les hubiera gustado tanto su repostería que se animaran a comprar algunos para casa. Mientras se los envolvían, Jaime le preguntó si tenían Facebook o Instagram para etiquetarlos cuando los recomendara en sus redes.
―¡Oh!, de esas cosas modernas no tenemos conocimiento ―les respondió el marido.
―¿Qué significa Simanim? ―terció la chica en la conversación al ver el logotipo impreso en la etiqueta. Esta vez le respondió la mujer.
―En mi cultura se usa para denominar aquello que tiene un significado simbólico y cuya forma nos lo recuerda. Esas pastitas que en el centro tienen mermelada nosotros las llamamos Orejas de Hamán y nos recuerdan a un enemigo que en un pasado remoto vencimos. Tranquila, creo que no le cortaron las orejas ―finalizó la historia con una risa cantarina ante la cara de sorpresa de Linet.
Como ya no llovía, Jaime se ofreció acompañarla durante un trecho en dirección a su casa. Al llegar al portal, la chica se percató de que se había dejado los guantes de lana en el mostrador al ir a pagar. Ya se pasaría para recogerlos. Jaime le sugirió que, si le apetecía, podrían ir juntos y repetir la estupenda velada, a lo que la chica aceptó porque había sido un rato que no le importaba revivir. Se intercambiaron los teléfonos, aunque ya quedaron en la puerta de la cafetería, dos días más tarde a la misma hora.
Llegaron a la vez y, entre risas, entraron, avanzando hacia el lugar dónde suponía que había dejado sus guantes para preguntar por ellos. Cuando levantaron la vista se quedaron quietos y sorprendidos: ¡el lugar era una librería! Había detalles similares, como las baldas que antes estaba llena de botes a los que, ahora, sustituían libros. A lo largo del mostrador, donde se encontraban las campanas de cristal con los pasteles, se veían libretas, cuadernos, lápices y agendas. Hablaban de salir a la calle para confirmar que se habían equivocado de local cuando un hombre de unos 50 años surgió de la trastienda con una jarra y una taza idénticas a aquellas en las que les habían servido sus cafés dos días atrás.
―Bienvenidos a la librería y papelería Simanim. ¿Qué necesitan? Si quieren un café mientras les atiendo no tienen más que decirlo y saco otro par de tazas y unos pastelitos.

Al recorrer la vista por tablero de madera pulido, Linet se encontró sus guantes al lado de una pila de libros de fantasía.
―Estos guantes… son míos ―dijo la chica con la voz temblorosa.
―¡Estupendo! Me alegro de que haya recordado dónde los había olvidado. Los encontré mientras colocaba los libros que habían llegado para la campaña de Navidad.
―Pero… Yo estoy segura de que dejé mis guantes olvidados en una cafetería en la que me atendieron dos encantadores señores ya mayores.
―Pues no sé qué decirle. Es cierto que aquí se ubicó una pastelería hace muchos años. La regentaban mis abuelos. Tras eso, mi padre, que no sabía nada de repostería, la transformó en lo que ven, aunque dejó muchos detalles que había hecho el abuelo, como esta librería que está detrás de mí. Lo mismo habrá oído a alguien hablar del establecimiento.
Linet recogió sus guantes y un aroma a canela, almendra y cardamomo inundó su nariz. Sin hacer referencia a ello, los guardó en el bolso. Volvió a recorrer el local con la mirada y pudo ver en una esquina, fuera de lugar, aquella báscula antigua.
―Seguramente habrá sido eso, sí ―le respondió al amable librero mientras miraba a Jaime con ternura.
―No es posible. ¿Cómo iba a olvidarlo? Si fue aquí donde Linet y yo nos conocimos.
―No sé qué decirle. Lo cierto es que mi abuela tenía fama de casamentera ―continuó ante su cara de desilusión―, también mi padre me contó que los clientes, cuando traspasaban sus puertas, se sentían tan acogidos que el tiempo transcurría sin apenas darse cuenta y siempre estaba lleno.
Linet y Jaime se despidieron del librero. Tras un rato de silencio, tratando seguramente de digerir lo que habían vivido, el chico puso voz a sus pensamientos.
―Me comí el último dulce ayer mismo, en la sobremesa, con el café. Ese que llamó la Oreja de Hamán. Pero si se lo digo ―señaló con la cabeza el local― nos iba a tomar por locos.
―Desde que entré me sentí como en otro mundo. Todo era tan pausado y tan propicio para conversar ―añadió ella―. Pero no me explico cómo ha podido ocurrir, aunque tampoco parecía muy sorprendido. Me da la impresión de que para él era normal que hubiéramos visto a sus abuelos y que Rebeca se dedicara a propiciar los encuentros entre desconocidos. O incluso lo que tú dices, que somos un poco atolondrados. ―Pues no sé dónde darle las gracias, porque creo que de nuevo ha hecho un gran trabajo ―respondió Jaime mientras le anudaba la bufanda a Linet, sin apartar sus labios de los de ella.
N. de A. Mi agradecimiento a Pepa, dueña del Hotel Las Cortes de Cádiz, por su acogida. Todos los años suelo hacerme alguna foto de promoción navideña en su maravilloso entorno y este año no podíamos faltar. Gracias.





































