Capítulo 1
Como todos los primeros días que fue al instituto, Daniel pedalea nervioso hacia el apeadero. Sonríe, a pesar de la tensión, recordando la eterna cantinela de su madre: «¿Lo llevas todo?», «Come algo a media mañana, que eres muy despistado, te olvidas y luego te dan mareos» o «Ten cuidado, que los coches…».
La verdad es que tenía razón. No iba a reconocerlo en voz alta, ¡lo que le faltaba!; sin embargo, es innegable que tenía razón. Tampoco se lo iba a demostrar demasiado a menudo, que enseguida se entusiasmaba y daban comienzo las caricias o los besuqueos y él ya es demasiado mayor para tanta intensidad.

En el fondo sabe que la quiere.
El tren llega ―¡cómo no!― con retraso. Es normal. Comprueba en la aplicación los cambios de horario. Siempre que ha tenido que salir de su barrio ha cogido el anterior al que necesitaría, porque el «por si acaso» suele transformarse en «¡menos mal!».
Es mayor que la chavalería que lo rodea; pero está acostumbrado. El gesto se le ensombrece de golpe al recordar los años tras la muerte de su padre. Fueron tiempos duros para su madre, que se quedó solo con las pensiones de orfandad de los tres niños. Le dijeron que era joven y aún podía ponerse a trabajar, como si llevar una casa con cinco bocas no hubiese sido trabajar. Encima, no quisieron reconocer el accidente laboral. Las pasaron canutas hasta que salió el juicio. Los abogados no se pagan solos y los ahorros de una vida de partirse el lomo, además de impedir la justicia gratuita, volaron deprisa.
Después, tampoco mejoró.
Su madre encontró trabajo. Fregar casas ajenas la envejeció demasiado pronto. Continuó siendo amable y cariñosa, aunque a Daniel se le rompía el alma al escucharla llorar por las noches. Maduró de golpe y trató de que sus hermanos, más pequeños que él, se acostumbraran al menos a no pedir.
Nada más cumplir los dieciséis fue la primera vez en su vida que le llevó la contraria, su primera discusión seria. Sin encomendarse a Dios ni al diablo, se apuntó a una ETT y acabó de auxiliar de servicios en una empresa de seguridad. Todos los festivos y fines de semana echaba doce horas en una fábrica, relevando al vigilante nocturno.
Nunca se ha arrepentido. Le prometió a su madre que trabajar no le iba a impedir acabar sus estudios. De hecho, en la fábrica no tenía nada mejor que hacer que estudiar. Sí que lo retrasó un poco y perdió un año, pero nada lo enorgullecía más que entregarle su sueldo cada primero de mes. Ver que sus hermanos podían estrenar ropa de vez en cuando, que las mochilas no eran heredadas, que comprar el material escolar no era a costa de la comida le bastaba como gratificación, lo hacía sentirse útil.

Y aquí está, otra vez, empezando de nuevo. El uno de octubre. Una fecha para recordar. Con su bandolera y la bici, rodeado de chavales y camino del insti. Mira su móvil y la aplicación le confirma la locución que suena por megafonía: «Próximo a efectuar su salida cercanías con destino Cádiz, vía dos». Que aún no haya llegado siquiera, como siempre, lo obliga a cabecear mientras sonríe. Le agrada sentir alrededor ese aire de confianza que nos proporciona lo cotidiano.
Espera ante el barullo que se forma cuando se detiene el convoy. Nada que ver con Japón, por supuesto. Un desdibujado pasillo para que bajen algunos pasajeros y risas, quejas, prisas y empujones para hacerse con algún asiento. Él se queda junto a la puerta cerrada, abrazado a una barra y sujetando el sillín.
Escondido de la algarabía en los cascos, prefiere observar a escuchar. Sabe de sobra que se pierde conversaciones jugosas. Los dramas adolescentes, los historiales médicos de los más ancianos y algún divorcio, propio o cercano, suelen salsear estos viajes a poco que uno haga oreja. Bueno, y sin hacerla. Los de la Local se forrarían con el medidor de decibelios.
Él, sin embargo, prefiere poder imaginar. Observa gestos, actitudes, rostros o posturas a los que trata de dar un significado, de crearles un contexto. Sabe que será difícil que acierte, que la realidad confirme sus suposiciones; pero ¡es tan prosaica! Lector empedernido, seguramente herencia de sus horas de soledad en el polígono, juega a descubrir fantásticas aventuras detrás de cada grupo, de cada rostro, de cada gesto. Y, desde el silencio que le proporciona Imagine Dragons, esmucho más probable que encuentre un Alatriste o una Darby Hart.
El paso del vigilante de seguridad reconstruye el sistema planetario del interior del vagón. Pies que descienden de asientos o bultos que saltan a los regazos permiten despejar el bosque. Cuando los muchachos se reordenan, entre los claros, se abre una nueva línea de visión.

Y ahí está. Como en esos retratos románticos, con su melena rojiza a la altura de los hombros brillando a contraluz, el rostro aniñado, la nariz respingona, la boca pequeña y carnosa pintada de oscuro, los huesos finos y un aire de melancolía en la mirada. El jersey de punto y la mochila de piel hablan de alguien que cuida su estilo; la chupa de cuero y el mechón azulado, de alguien segura de sí misma.
Algo en ella lo atrae. Procura parecer discreto, aunque no le quita ojo. Ella no debe percibirlo ―otras veces enseguida han girado hacia él el rostro, como si la mirada transmitiese una energía y rastreasen su origen― y se mantiene en su mundo, ajena a todos y a todo. Dani recuerda lo importante que parece todo a esas edades, el drama constante, el estímulo continuo, la ansiedad, la prisa. Cualquier cosa resulta imprescindible, impactante, urgente, estresante. Lo tuyo, claro, pues descubres que los demás, los que no son de tu grupo, ni te entienden ni les importa. Así que, lo más seguro, es que ande dándole vueltas a cualquier tontería, básico en su vida en cualquier caso.
La memoria se apodera del instante y lo envía para atrás, a 2015, cuando se colgó de aquella chavala con una camiseta de Taylor Momsen desnuda de espaldas y con una cruz tatuada sobre su columna apuntando a su culo que decía que todo se va al infierno. Las botas militares, las medias rotas y las mallas elásticas contribuían, junto a una piel pálida y un maquillaje muy oscuro, a un tono gótico que solo el tinte de su desordenado pelo corto rompía. La de Evanescence había elegido el negro ala de cuervo y la de The Pretty Reckless el blanco. Ella, Rocío se llamaba la chica, siempre haciendo gala de criterio propio, un anaranjado brillante con un mechón azul metálico.
Era, como el nombre del grupo, bastante inquietante. Contestataria y rebelde, sus notas, por otra parte, hacían que pudiera permitírselo. Provocadora y extrovertida, daba miedo a muchos chicos. Lograba ponerlos nerviosos y ya se sabe cómo son los adolescentes. Tuvo más de una pelea en el patio y alguno conservará aún el imborrable recuerdo de sus uñas en la piel. Llegar nueva al instituto para el bachillerato, su look y su autosuficiencia no eran buenas cartas de presentación. Tampoco las llamadas al despacho del jefe de estudios y sus consiguientes expulsiones.
Eso la hacía menos accesible, en ninguna forma menos atractiva.
Dani había optado por Humanidades y Rocío iba por Ciencias, así que tenía que conformarse con los ratos fuera de clase y la única troncal que compartían. Tampoco se atrevió jamás a decirle nada con la excusa, tan válida como cualquier otra cuando uno la siente necesaria, de que tampoco tenía tiempo libre para quedar con ella. La estación de San Severiano lo saca de su ensimismamiento y, ¡oh sorpresa!, la chica ya no está.
La leve melancolía que le ha despertado el recuerdo se diluye en el barullo de empujones por salir y las carreras hacia los tornos. Espera, como siempre, a que se despeje la puerta para poder descender con la bici.
La ve por el andén: mechón azul en cama naranja sobre cazadora negra, el paso decidido e insinuante en unos vaqueros ajustados y unas botas militares. Un ramalazo de deseo llena el cerebro de Dani, hoy como entonces. Hay cosas que la madurez, así sea temprana, no cambiará nunca.
«¡Hostia, qué buena que está!».
Sacude la cabeza convencido de que es culpa del recuerdo, de la coincidencia en el pelo. Se recrimina ambas reacciones, tanto la mental como la física. Está seguro de que ha sido demasiado obvia. Se promete a sí mismo no girarse si la alcanza. Aún es joven, pero debe controlarse y tener en cuenta la insalvable distancia que siempre ha de separar al docente de la alumna.
Porque hoy es su primer día como profesor de Lengua Castellana y Literatura en el IES Arnáiz.
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